miércoles, 4 de marzo de 2026

Días de perdón y liberación.

 

DIAS DE PERDÓN Y LIBERACIÓN.

 

Dios es un Dios de perdón, y cuando Dios perdona trae liberación, paz, restauración, etc.  Y Dios perdona lo imperdonable.

 

En la parábola de los dos deudores (Mat_18:23-25) encontramos que, en un ejemplo de cómo Dios perdona, el Rey perdonó a uno de sus siervos diez mil talentos, equivalentes a 600,000,000 millones de denarios, que era el salario de un día en aquel tiempo. Eso significa que el Rey perdonó 600 millones de días de trabajo, algo que el siervo jamás hubiera podido cumplir ni terminar de pagar.

 

Dios, como ese Rey, hace lo impensable para la mayoría de seres humanos: perdonar lo imperdonable, y lo hace movido a misericordia, por misericordia. Pero es pasaje no solo nos enseña eso. Al comparar lo que le fue perdonado a ese siervo, con lo que el siervo le debía perdonar a uno de sus consiervos (100 denarios) era nada, y sin embargo, ese siervo perdonado no quiso perdonar al otro.

 

Imaginémonos la libertad, la felicidad, la paz, el respiro que el primer siervo experimentó cuando fue perdonado de esa deuda impagable, y es lo mismo que nosotros experimentamos cuando somos perdonados por Dios, porque el perdón trae libertad, felicidad, paz, etc.

 

Ahora imaginémonos lo ridículo que es que una persona que fue perdonada de tanto no hubiera perdonado el mínimo que el otro le debía: eso implicaba rencor, amargura, venganza, desagradecimiento, etc., que le estaba impidiendo disfrutar de la libertad, felicidad, paz, etc., que había experimentado al ser perdonado de una deuda tan grande.

 

Y eso es precisamente lo que el Señor nos quiere enseñar, entre otras cosas, en este pasaje. Cuando hemos sido perdonados de lo máximo (todos nuestros pecados cotidianos durante toda nuestra vida antes y después de Cristo), y no podemos perdonar lo mínimo que otro nos haya hecho (una ofensa), no solo nos vemos espiritualmente ridículos, sino que además nos perdemos el disfrutar todo lo que la gracia de Dios, por regalo inmerecido, hemos recibido de Él, dándole lugar a la amargura, que es una ladrona de las bendiciones de Dios, además de un obstáculo para que podamos ser más bendecidos por Él (Heb_12:15).

 

La falta de perdón indica que en nuestro corazón hay además amargura, rencor, deseos de venganza, etc., todo lo cual lo podemos reducir a una palabra: amargura, y según el pasaje de Heb_12:15, entre otras cosas, la amargura nos impide alcanzar la gracia de Dios (Sus bendiciones) si permitimos que se enraíce en nuestro corazón (lo que sucede cuando no perdonamos a otros).

 

Pero hay algo más en relación con la amargura. La palabra griega que se traduce amargura al español es la misma palabra que se utiliza para nombrar el veneno de una clase de serpientes especiales que hay alrededor del Mar Mediterráneo, que es el áspid, y ese veneno tiene la particularidad que está dirigido al corazón de la víctima, para inmovilizarlo, para que la víctima pierda la vida. Y eso sucede cuando nosotros permitimos que la amargura, que nos impide perdonar, se anide en nuestro corazón: también nos inmoviliza para que podamos vivir la vida espiritual en su plenitud, es decir, nos va a impedir vivir la vida abundante (Jua_10:10), bendecida (Efe_1:3), plena (Efe_1:22-23), victoriosa (Rom_8:31-39), próspera (3Jn_1:2), en aumento (Pro_4:18, Fil_1:6).

 

La pregunta que nos deberíamos hacer es si estamos dispuestos a perdernos de lo más (la hermosa vida que Dios tiene para nosotros) por lo menos (no perdonar una ofensa).  No perdonar nos asegura un destino triste y una vida llena de muchos días malos y amargos (Mat_18:34) en lugar de un destino gozoso y una vida llena de días excelentes.

 

Por ello, limpiemos nuestra casa emocional de toda falta de perdón, rencor, deseos de venganza, amargura, que solo nos daña a nosotros, y démosle una nueva oportunidad a la vida (Luc_9:62), empezando por hoy (si no lo hemos hecho antes) perdonando todas aquellas cosas que nos causaron dolor y/o algún perjuicio espiritual, emocional o material (físico) y también a las personas que nos dañaron y las consecuencias de todo ello. Y la Palabra nos enseña que es un proceso que algunas veces va a dar resultados de la noche a la mañana, pero que en otras oportunidades (dependiendo de la gravedad de la ofensa y la cercanía del ofensor) puede llevar un tiempo en el que necesitamos perseverar y reafirmar constantemente ese perdonar (Mat_18:21-22).

 

Pero independientemente del tiempo que tardemos en que el dolor desaparezca y la ofensa se convierta solamente en una experiencia (despojar del dolor al recuerdo), vale la pena hacerlo y hacerlo siempre, yendo con el perdón por delante en cualquier interacción que tengamos con otras personas y/o situaciones en las que potencialmente podemos salir lastimados, de la misma manera que necesitamos ir con el amor por delante en toda situación con el prójimo (Mat_22:39).

 

De esa manera vamos a vivir en amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe (fidelidad), mansedumbre (humildad) y templanza (dominio propio, obediencia a Dios), que tan necesarias nos son para vivir en este mundo lleno de pecado, problemas y contrariedades (Gal_5:22-23).

 

Por eso hoy, y cada uno de los días de nuestra vida que Dios nos regala, son días de perdón y de liberación. Aprovechemos cada día para vivir en la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta, en lugar de en la amargura, la falta de perdón, el rencor, los deseos de venganza, etc.

 

 

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