VIVIENDO NUESTROS DÍAS CON GOZO Y ESPERANZA.
El
Señor en Su Palabra nos enseña en el Sal_118:24 que Él a hecho cada uno
de nuestros días para que nos gocemos en Él, y por supuesto, en el día. Y ello
tiene una razón: si no vivimos el día con gratitud lo vamos a vivir, por lo
menos, con indiferencia, si no es qué con negatividad, queja, frustración,
pesimismo, desesperanza, depresión, desesperación, etc.
Cuando
nacimos, venimos al mundo, en lo natural y material, sin nada y sin garantía de
nada, y sin embargo, con el trascurrir de los años hemos llegado a tener muchas
cosas en mayor o menor grado: conocimientos, talentos, habilidades,
capacidades, bienes materiales, familia, amistades, trabajo, etc., y aunque pareciera
que algo de ellas, si no mucho o todo, nos lo ganamos por nuestro esfuerzo, ello
solo es una ilusión del ego.
En última
instancia, y si lo analizamos detenida y profundamente, hasta sus últimas
consecuencias, la realidad es que, si no hubiéramos nacido en el lugar, la
familia y las circunstancias en las que nacimos, que no dependieron de
nosotros, no tendríamos lo que tenemos, quizá tendríamos más, o quizá
tendríamos menos, pero no lo somos, tenemos y podemos ahora.
Por
el otro lado, todo lo que ha rodeado, el ambiente y las circunstancias que han
propiciado nuestras experiencias, crecimiento y desarrollo como personas,
tampoco ha sido por causa o merecimiento de nosotros mismos, y tampoco de las
personas que nos han apoyado, que estuvieron allí no por ellas sino por sus
circunstancias que tampoco dependieron de ellas.
Entonces,
¿De donde viene todo lo que somos, tenemos y podemos? Todo ello es una obra de
Dios que desde el vientre de nuestras madres nos diseñó y diseñó cada uno de
nuestros días (Sal_139:13-16, Efe_2:10) para que cumpliéramos Su
propósito de buscarlo y encontrarlo (Hch_17:26-28), así que podemos
decir, sin lugar a duda, que nada nos ha sido dado que no nos haya sido dado
del cielo (Jua_3:27)
Por
supuesto que podemos decidir ignorar todo ello, no cumplir Su propósito para
con nosotros, pero Él no pierde, somos nosotros los que perdemos porque en
lugar de seguir Sus planes de bien para que tengamos un futuro y una esperanza
(Jer_29.11), vamos a vivir nuestros propios caminos que nos parecen
correctos y buenos en nuestra propia opinión. pero cuyo fin es desastre, ruina
y/o muerte (Pro_16:25, Pro_14:12).
Solo
cuando buscamos y seguimos el propósito de Dios nuestras vidas estarán completas
(Col_2:10). Y ello, en primer lugar, está al alcance de nuestras manos,
a una sola oración de corazón reconociendo nuestra necesidad de Él y creyendo
en Él y a Jesús como el Señor de nuestras vidas.
Y
si ya lo hicimos antes, entonces lo que nos toca es seguirlo a Él de acuerdo con
lo que nos va enseñando en Su Palabra (Sal_119:105) y por Su Espíritu
Santo (Rom_8:14), y aunque parezca difícil hoy, la verdad es que, si lo anhelamos
de corazón, y lo buscamos, Él hará todo lo necesario para que eso suceda (Sal_16:11,
Sal_37:4-8, Sal_23:1-6).
Y
que no nos falte un ingrediente fundamental: el agradecimiento por todo lo que
Él ha hecho en nuestras vidas, por lo que está haciendo y por lo que hará (1Ts_5:18,
Sal_100:4). El agradecimiento transforma el negativismo en optimismo, la
duda e incredulidad en fe, la desesperanza en esperanza, la tristeza en gozo, la
queja en gratitud, la culpa en misericordia, la acusación y el juicio en
gracia, etc. Y con ello cambia el “tono”, el “clima”, de nuestra vida, nuestra
actitud frente a lo que tenemos por delante.
La comunión
con el Señor nos lleva al agradecimiento, el agradecimiento nos lleva al gozo,
el gozo nos lleva a la alabanza, y todas esas cosas, juntas, transforman
nuestro enfoque de la vida. Así que
comencemos con el agradecimiento que es Su voluntad para con nosotros (1Ts_5:18)
buscándolo a Él y Su Reino, y todo lo demás nos vendrá por añadidura (Mat_6:33).
Una
persona sin agradecimiento no reconoce la multiforme gracia de Dios para Su
vida, no vive en la gracia sino en la queja, y por no vivir en la gracia no
disfruta de la multitud de las riquezas de ella (aunque tenga algunas de esas
riquezas en su vida la queja le va a impedir reconocerlas y disfrutarlas). Es
más, la queja produce amargura, y la amargura la puede convertir en una persona
rechazadora de la gracia de Dios en su vida (Heb_12:15): la salvación y
vida eterna, la plenitud de vida, la vida abundante, etc. (Efe_2:8-9,
Jua_10:10) y como no recibe gracia, tampoco puede dar gracia a otros, vive
en amargura contaminándose a sí mismo y contaminando a otros.
Cambiemos
nuestra actitud de la queja a la gratitud constante (no solo eventual, no solo
ocasional), abramos nuestros ojos a la multitud de
bendiciones que tenemos en Dios (perdón de pecados en lugar de culpa, vida
eterna en lugar de condenación, gozo en lugar de tristeza, sanidad, liberación
y restauración en lugar de esclavitud, bendición en lugar de maldición, fe en
lugar de desesperanza, etc.) y todo ello cada día. Tenemos disponibles cada día
toda las bendiciones de Dios (Fil_4:19. Sal_23:1) y principalmente, lo
tenemos a Él, y si lo tenemos a Él, lo tenemos todo (Fil_4:13, Rom_8:37,
1Jn_4:4, etc.).