miércoles, 26 de noviembre de 2025

Mentalidad de libres o mentalidad de esclavos.

MENTALIDAD DE LIBRES O MENTALIDAD DE ESCLAVOS.

 

En el pasaje de Num_13:27-32, referente a la información que los espías que envió Moisés a la tierra prometida, y que ello entregaron a la congregación (en lugar de solo a Moisés y a los dirigentes ancianos y sabios del pueblo), podemos observar que los doce espías vieron las bendiciones de la tierra prometida (que eran una realidad), e hicieron un listado de ellas, pero le dieron mayor énfasis a los posibles obstáculos (que eran solo una posibilidad y no una realidad).

 

En lugar de centrarse en lo que era, se centraron en lo que podía (o no) ser, y decidieron rendirse, darse por vencidos anticipadamente, no a lo que era, sino a lo que podía (o no podía) ser, en lugar de llenarse de fe, esperanza, fortaleza, seguridad, confianza, certeza, convicción, etc., acerca de lo que Dios, muchísimas veces, les había prometido en el desierto: que Él les entregaría la tierra prometida que fluía leche y miel y que Él pelearía con ellos contra sus enemigos y los desalojaría de la tierra prometida para que ellos la pudieran disfrutar plenamente.

 

Ese informe evidencia varias cosas: en primer lugar, una mala selección de las personas que debían ser portadoras de la información: diez de ellos fueron negativos y se rindieron a la evidencia física, desechando lo que Dios había dicho, y solo dos le creyeron a Dios (Caleb y Josué).

 

En segundo lugar, que tanto los diez espías que dieron la información negativa, así como el pueblo, no habían cambiado su mentalidad al salir de Egipto libres: seguían teniendo mentalidad de esclavos, derrotados, incapaces, la mentalidad que les crearon en Egipto, donde siendo más y con la posibilidad de ser más poderosos que los egipcios, habían vivido en esclavitud, conformismo, tradicionalismo, limitados, pasividad, etc.

 

Tercero. Manifestaron una total falta de fe, a pesar de la gran cantidad de poderosas señales que Dios había hecho por ellos, para mostrarles que Él estaba con ellos en todas las circunstancias por adversas e imposibles que les pudieran parecer en lo natural, y que Él tenía cuidado de ellos en todos los aspectos de su vida.  No les sirvieron de nada todas las maravillas que habían visto hacer a Dios en medio y a favor de ellos. La mentalidad negativa, el pesimismo son es enemigos de la fe,

 

Todo ello implicó una negación de la veracidad de Dios, una negación de su Palabra, una negación de la esencia de Dios (amor, bondad, misericordia, verdad, etc.). Contradijeron a Dios directamente, además de que, con tal de sostener su argumento negativo, mintieron descaradamente para meterle miedo al pueblo.

 

Que ello nos sirva de ejemplo a nosotros cuando nos enfrentemos a decisiones y/o situaciones negativas temporales que requieren decisiones que van a ser definitivas.  Confiemos totalmente en la Palabra de Dios firme y eterna y que ella sea la base para tomar nuestras decisiones y no las circunstancias y/o percepciones de los demás que son temporales, cambiantes, inestables.

 

Cuando nos enfrentemos a situaciones negativas no nos concentremos en ellas sino en el Todopoder de Aquel que está a nuestro favor y es Más que Suficiente para vencer cualquier obstáculo y situación negativa (Rom_8:31-39, Fil_4.13, 1Jn_3:8, 1Jn_4:4, 1Pe_1:5-6, 1Pe_5:8-10, etc.).

 

No perdamos nunca la perspectiva de la vida que Dios quiere que vivamos: plena (Efe_1:22-23), bendecida (Efe_1:3), abundante (Jua_10:10), próspera (3Jn_1:2), victoriosa (Rom_8:31-39) y que ella deriva, no solo del hecho de que Jesús sea nuestro Señor y Salvador, sino de que nos sometamos a Él (Stg_4:7) y le obedezcamos (Deu_28:1-2, Mat_6:33). Si Él ya nos dio a Jesús cuando éramos Sus enemigos ¿Cómo no nos dará con Él todas las demás cosas si le obedecemos? (Rom_8:32). 

 

 


Decisiones sabias.

 

DECISIONES SABIAS.

 

Para los israelitas en el desierto, Cades fue el lugar de una encrucijada que iba a ser determinante para sus vidas: seguir viviendo en el desierto y/o regresar a la esclavitud en Egipto o entrar en la Tierra Prometida, la tierra de las promesas de Dios.

 

Y cada uno de nosotros, constantemente, y bajo distintas circunstancias, nos vemos enfrentados a nuestros propios “Cades”, a estar frente a decisiones cruciales que van a implicar, por lo menos parcialmente, resultados positivos o negativos para nuestra vida.

 

Y en esos momentos nos vemos enfrentados, en el fondo y en última instancias, a una disyuntiva : vamos a confiar en lo que nos dicen los sentidos, los sentimientos, las circunstancias, todo lo cual es temporal, pasajero, o vamos a confiar en la Palabra de Dios eterna, permanente, que no cambia, y que es la Verdad que necesitamos para fundamentar nuestra vida (Num_23:19, Mat_5:18, Jua_14:6).

 

Toda decisión que tomemos va a influir en mayor o menor grado en la calidad de nuestra vida (Deu_30:19-20) de tal manera que necesitamos ser cuidadosos cuando las tomemos.

 

El consejo es que no confiemos en las circunstancias ni en las percepciones de otras personas ni en nuestras emociones y sentimientos, que son temporales, cambiantes, inestables.  Confiemos siempre en la Palabra del Señor, en Sus mandamientos, leyes, preceptos, principios, normas, promesas, y en Sus hechos.  Él es, además de nuestro Dios, nuestro Buen Padre que quiere lo mejor para nosotros Sus hijos, los que hemos creído en Jesucristo (Jua_1:12, Rom_8:15-17, Jer_29:11) para que vivamos vidas plenas (Efe_1:22-23), bendecidas (Efe_1:3), abundantes (Jua_10:10), prósperas (3Jn_1:2) y victoriosas (Rom_8:31-39).

 

Y todo ello es posible si obedecemos, si seguimos su Palabra (Sal_119:105) y la dirección de Su Espíritu Santo (Rom_8:14).

 

Caminemos siempre, todos los días, al encuentro de esa vida que Dios tiene para nosotros fundamentándola en Su Palabra, alimentando nuestro hombre interior todos los días con el Pan de Su Palabra (Mat_4:4), meditándola y teniendo nuestra delicia en ella todo el tiempo (Sal_1:1-3), estudiándola y escudriñándola (Jua_5:39) porque ella es vida para nosotros (Jua_14:6). Y ello aun cuando nos pueda parecer que hay dificultades que tendremos que enfrentar y resolver en el camino. 

 

La bendición que tenemos por delante, si fundamentamos nuestra vida en la Palabra, siempre va a ser supremamente mejor que la conformidad, la comodidad, la pasividad y/o la zona de confort que tenemos ahora.

 

 

 

El uso de la información.

 

EL USO DE LA INFORMACIÓN.

 

En Num 13:17-33 la Palabra nos narra el episodio en el cual los 12 espías que Moisés había mandado a explorar la Tierra Prometida regresan y dan su perspectiva de los resultados que habían encontrado allí. Y podemos aprender de ello varias lecciones importantes.

 

Los espías no tenían que haber dado la información a la congregación, sino solamente a quién les había enviado. Fueron enviados por Moisés y no por la congregación. La información tenían que habérsela dado a Moisés y a los ancianos en todo caso, para que fueran ellos los que,, bajo la dirección de Dios tomaran la decisión adecuada. Ello nos enseña una lección importante: no toda la información tiene que ser compartida con todos.  Hay que dar la información a quienes pueden procesarla. Hoy, en las redes sociales encontramos un gran cúmulo de información, mucha de ella mal intencionada, que pretende modelar el pensamiento de grandes sectores, y desafortunadamente lo está logrando, inclinando el pensamiento, no a la verdad, sino al interés de los que usan el modelaje del pensamiento a través de las redes sociales. Y eso fue precisamente lo que pasó con los espías. Ellos no tenían interés en entrar a la tierra prometida, o por lo menos a enfrentar las batallas que ello podía implicar, a pesar de que Dios les había dicho que Él las pelearía por ellos. Y dieron “malas noticias” que toda la congregación siguió, menos tres personas (Moisés, Caleb y Josué) y ello determinó, por haber seguido noticias equivocadas, que anduvieran errantes por el desierto durante 40 años viviendo por debajo del plan de Dios para ellos.

 

Esto nos enseña que debemos ser cuidadosos con la información que recibimos (que es la perspectiva de otra persona y no necesariamente la verdad), y principalmente, que no debemos dejarnos convencer por informaciones y/o percepciones de otros que vayan en contra de lo que Dios nos enseña en Su Palabra y/o el Espíritu Santo nos está dirigiendo.  Por encima de lo que digan las personas, la Palabra de Dios debe tener la prioridad siempre (Jer_17:5-9, Pro_16:25).

 

La democracia no en todos los casos funciona porque las personas son fácilmente influenciables en sus emociones para tomar decisiones cuando lo que se requiere son decisiones de fe, racionales, fundamentadas en la verdad, y no en percepciones subjetivas o en intereses sectarios, y si de democracia se trata y de seguir el consejo de otros, lo que necesitamos entonces es oír las opiniones de las personas sabias, no de las emocionales (Pro_11:14, Pro_15:22, Pro_24:6, Pro_8:3, Pro_12:15, Pro_13:18, etc.).

 

Cuando estamos bajo la desesperación, el desánimo, la ansiedad o cualquier otra emoción negativa, nunca es el momento de tomar decisiones. Primero necesitamos buscar la calma en la presencia del Señor (Isa_30:15), poniendo nuestras cargas delante de Él y sometiéndonos a Su Palabra (Mat_11:28-30), bendiciéndolo y no olvidándonos de todos sus beneficios que hemos experimentado a lo largo de la vida (transformaciones, milagros, soluciones a situaciones imposibles o casi imposibles, poder, etc.) y bendiciendo al Señor por su amor, gracia, misericordia, bondad y favor para con nosotros, cuyos planes son de bien para darnos un futuro y una esperanza (Jer_29:11) para llevar nuestra vida en aumento (Pro_4:18, Fil_1:6) de tal manera que vivamos vidas plenas (Efe_1:22-23), abundantes (Jua_10:10), bendecidas (Efe_1:8), prósperas (3Jn_1:2) y en victoria (Rom_8:31-39) y que todo lo podemos en Él que nos fortalece (Fil_4:13). Y entonces, y solo entonces, cuando estemos en calma y hayamos sopesado todas las opciones a la luz de la Palabra (Sal_119:105) y bajo la dirección del Espíritu Santo (Rom_8:13-14), tomemos decisiones de fe y no de temor (1Jn_4:18) por cuanto el justo (nosotros los hijos de Dios) por la fe vivimos (Rom_1:17) y no por vista, por las circunstancias (que son temporales, cambiantes, relativas, Col_3:1-3, 2Co_5:7).

 

martes, 25 de noviembre de 2025

La Verdad frente a la mentira.

 

LA VERDAD FRENTE A LA MENTIRA.

 

En Num_13:30-32 encontramos una parte de la historia de Caleb, que tuvo la osadía de pararse enfrente de una multitud que no quería oír la verdad sino creer la mentira, una osadía que solo Dios puede dar.

 

Para Caleb ello implicó estar dispuesto a sufrir las consecuencias de su oposición a la mayoría, pero ello no le importe porque a él lo que verdaderamente le importaba era la opinión y la voluntad de Dios in importar lo que los demás pensaran.  Y lo mismo sucedió con Jeremías, y la mayoría de los profetas del Antiguo Testamento que fueron rechazados y/o perseguidos por sostener la opinión de Dios en contra de la opinión de los reyes, sacerdotes, falsos profetas y el común de las personas que preferían oír lo que les sonaba bien a sus oídos, aunque fuera en contra de la Verdad de Dios.

 

Y lo mismo sucedió con Jesús y los primeros cristianos. Y lo mismo sucederá con nosotros, los creyentes de la época actual. Somos minoría frente a una mayoría que prefiere creer la mentira que les satisface, que la Verdad de Dios que les da vida. Necesitamos tener la fe y la valentía de enfrentarnos a la mayoría (el “que dirán” y la presión de grupo) y manifestar la Verdad, la verdadera fe, sabiendo que es más importante y creíble lo que Dios dice y hará, que la opinión de la mayoría.

 

Por lo general, la voz de la minoría no es escuchada precisamente por ser la de la minoría, pero la verdad no es cuestión de números.  Muchas veces, si no es que casi siempre, la verdad se levanta en contra de la opinión de la mayoría, y en el caso de la Palabra de Dios que es la Verdad que necesitamos para la vida, no es la excepción (Mat_7:13-14).  La Verdad de Dios permanece inalterable, sin importar la opinión de la mayoría, las corrientes de pensamiento de moda, la cultura, el tiempo, el lugar, la raza, etc.  La Verdad permanece inalterable porque está garantizada por el carácter de Dios (Mat_5:18, Mal_3:6, Heb_13:8, Num_23:19) porque Dios no solo no cambia, sino que Él es la Verdad, de tal manera que lo que Él dice es la última palabra en todo aquello a lo cual Él se refiere.

 

No nos dejemos influir ni atemorizar por lo que piensa la mayoría, al final de cuentas, la mayoría piensa que sus caminos son los caminos derechos en su propia opinión, pero su fin es ruina (Pro_16:25, Pro_14:12). Mantengámonos firmes en la Verdad de Dios, viviéndola y proclamándola, que al final de las cosas y de los tiempos, la razón estará de nuestra parte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jesús, nosotros y la semilla.

 

JESUS, NOSOTROS Y LA SEMILLA.

 

Jesús habló mucho de la semilla. Usó la semilla como ejemplo de varias cosas en sus enseñanzas. Incluso habló de Su propia vida como una semilla en Jua_23:24. En ese momento estaba hablando de Su Muerte y del fruto que produciría: expiación, redención, salvación, justificación, resurrección, vida eterna, sanidad, liberación, restauración, etc.

 

Cuando Jesús se refería a la semilla se estaba refiriendo a ella con una palabra griega que también significa “cigoto” y “lo unido”. Y con ello estaba expresando que la nueva vida proviene de dos vidas: las de los dos padres del modo en que la vida física proviene de la unión de dos naturalezas. Y cabalmente eso es Su Vida: la unión de dos naturalezas, la de Él, la divina, y la humana (la deidad en forma corporal, la unión del cielo y de la tierra en una vida, en un “cigoto”).

 

Y la semilla cayó a tierra (murió y fue enterrada). Su forma externa pasó por la muerte, pero solamente entonces dio fruto la vida interior de la semilla. Mediante Su Muerte dio nueva vida para todos los que creemos en Él.

 

Y lo mismo nos sucede a nosotros cuando nacemos de nuevo. Nuestra vida se convierte en una unión, una unión de dos naturalezas: tierra y cielo, lo temporal y lo eterno, Dios en nuestra humanidad. Todo hijo de Dios somos una unión, la unión de dos naturalezas, una semilla que necesita caer a la tierra y morir a nosotros mismos, dar nuestra vida egocéntrica, carnal, la vieja naturaleza, para llevar mucho fruto (Jua_15:1-5).

 

Cada vez que morimos al yo, que crucificamos la carne, que rendimos nuestra voluntad a la voluntad de Dios (Jua_3:30, Mat_16:24) el poder de dios y de la nueva vida es liberado en nosotros, y daremos fruto, más fruto y mucho fruto (Mat_13:31_32, Mar_4:31-32, Jua_15:1-5) y entonces, nuestra vida producirá el fruto que siempre tuvo que haber producido, y los propósitos de dios para nuestra vida se cumplirán, y darán fruto, y esa es la ley de la semilla: que produzca fruto, más fruto y mucho fruto.

 

Dejemos que muera el viejo hombre, el yo (Mat_16:24-26, Mat_10:39, Efe_4:22-24), neguemos nuestra carne, los pensamientos que nos parecen derechos en nuestra propia opinión, pero cuyo fin son ruina (Pro_16:25), el yo, el ego, la voluntad propia, y rindamos nuestra voluntad a la de Él (Mat_7:21) y que el poder de la vida contenido en la semilla sea liberado en nosotros para la gloria de Dios, para nuestra bendición y para bendición de los que están a nuestro alrededor.

 

 

El poder de la semilla.

 

EL PODER DE LA SEMILLA.

 

En Mat_13:31-32 Jesús nos enseña una Parábola en la cual hace al Reino de Dios equivalente a una semilla de mostaza, que es la más pequeña de todas las semillas, pero al crecer se convierte en la más grande de las hortalizas.

 

Esto equivale a decirnos que todo lo que Dios siembra en nosotros es como una semilla, y que, por lo mismo, debe seguir el proceso de una semilla para producir fruto.  La semilla, para comenzar su proceso de dar fruto, en primer lugar, tiene que caer a tierra, es decir, ser sembrada.  Y esto es un tipo de lo que Jesús también nos enseña en la Parábola del Sembrador (Mat_13:18-23): la tierra es nuestro corazón, la semilla es la Palabra de Dios, y para que la semilla produzca fruto debe ser sembrada en un buen terreno, es decir, en un corazón que esté preparado y anhelante de recibir la semilla. La forma de preparar el corazón es en primer lugar, estar dispuesto a poner atención a la Palabra, a resistir la prueba que puede venir como consecuencia de esa Palabra, y a resistir los afanes de la vida (los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, 1Jn_2:15-17, o lo que es lo mismo, la autocomplacencia o autosatisfacción, la autogratificación y la autoexaltación).

 

Una vez recibida la semilla en la tierra debe ser regada y abonada. El equivalente a ello en lo espiritual relacionado con la semilla sembrada en nuestro corazón, es que debe ser regada con el agua de la Palabra (la fe se incrementa con el oír constantemente la Palabra de Dios) y por la comunión con el Espíritu Santo que es nuestro Ayudador para atesorarla y ponerla por obra, nuestro Maestro que nos la enseña y revela, y nuestro guía para aplicarla en nuestra vida (Rom_8:26, Jua_14:26, Jua_16:13). Recordemos que en Jua_15:3 Jesús compara la Palabra con agua que limpia además de que en Heb_4:12 la Palabra nos enseña que ella penetra profundamente en nuestro ser interior para discernir los pensamientos y las intenciones del Espíritu y del corazón y en Jua_7:37-39 y en Sal_119:105 nos enseña que la Palabra es lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino.  Por otro lado, Jesús en Jua_7:37-39 compara al Espíritu Santo con ríos de agua viva que corren en nuestro interior.

 

El siguiente paso que se da en las faenas agrícolas una vez que la semilla ha sido sembrada y regada, es que se abona, y ello equivale a la enseñanza de la Palabra de Dios que recibimos cuando nos congregamos, en donde Dios envía una porción de bendición y vida eterna para fortalecer, sanar, liberar y restaurar nuestro corazón, fortaleciéndolo para que sea una tierra más fértil aún, en la que la semilla crezca y produzca mucho fruto.

 

Y finalmente, después de sembrar la semilla, regarla y abonarla, el agricultor debe mantener el cuidado de la tierra para evitar que otras semillas no acordes con la que se sembró, o de hierba mala, surjan e impidan que la semilla ya hecha planta, siga creciendo y produzca mucho fruto.  Ello es equivalente a la necesidad de cuidar nuestro corazón que nos enseña la Palabra en Pro_4:23, lo que se logra cuidando lo que pensamos (Pro_23:7, Fil_4:8), lo que vemos (Mat_6:22), lo que oímos (Mar_4:24), lo que hablamos (Pro_18:20-21), a donde vamos (Pro_4:26-27), con quién andamos (Sal_101:3-6), los modelos que seguimos (Efe_5:1), las motivaciones de nuestro corazón (1Co_13:1-3), nuestras actitudes (1Sa_16:7) y nuestras decisiones (Deu_30.19-20).

 

Incluso Jesús mismo habló de Su propia vida como una semilla (Jua_12:23-24). Cuando ello sucedió, estaba hablando de Su Muerte y del fruto que produciría: salvación, resurrección, vida eterna. Y ello es precisamente lo que sucede cuando nosotros permitimos que la Palabra sea sembrada en nuestro corazón, la regamos, la abonamos y la cuidamos: nuestra vida crecerá en la dirección de:

·         Una vida abundante (Jua_10:10).

·         Una vida plena (Efe_1:22-23).

·         Una vida bendecida (Efe_1:3).

·         Una vida próspera (3Jn_1:2).

·         Una vida victoriosa (Rom_8:31-39).

·         Una vida en crecimiento constante (Pro_4:18).

 

Así que siempre tengamos preparado nuestro corazón para recibir la semilla que el Padre pueda enviarnos ya sea por su Espíritu Santo, por la lectura y meditación de la Palabra, o por intermedio de otra persona, para atesorarla, entenderla, meditarla y obedecerla.

 

 

 

En el camino del perfeccionamiento.

 

EN EL CAMINO DEL PERFECCIONAMIENTO.

 

La Palabra de Dios nos habla del perfeccionamiento de los hijos de Dios en varios pasajes, como un objetivo y una meta que necesitamos alcanzar los creyentes para vivir una vida plena en Cristo (Efe_1:22-23) además de bendecida, en victoria, abundante (Efe_1:3, Rom_8:31-39, Jua_10:10).

 

En Efe_4:11-16 nos establece las metas de ese perfeccionamiento:

·         La obra del ministerio.

·         La edificación del Cuerpo de Cristo.

·         Llegar a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios.

·         Llegar a un varón perfecto, a la estatura de la plenitud de Cristo.

 

Y todo ello para:

·         Ya no ser como niños fluctuantes llevador por cualquier viento de doctrina derivadas del engaño y del error.

·         Sigamos la Verdad en amor.

·         Crezcamos espiritualmente en todo en Cristo.

 

Por otro lado, en Mat_5:48 también Jesús nos exhorta a ser perfectos como nuestro Padre es perfecto, lo que implica vivir en amor (Mat_5:43.47) con respecto al prójimo (y obviamente primero hacia Dios, Mat_22:36-40), siendo imitadores de Dios como hijos amados y obedientes (Efe_5:1, 1Pe_1:14-16).

 

Otros pasajes en los cuales Dios nos exhorta también a buscar esa perfección son:

·         Col_1:28. Para que seamos presentados perfectos en Cristo Jesús.

·         2Ti_3:16-17. Para que seamos personas perfectas, enteramente preparadas para toda buena obra.

 

La palabra “perfecto” nos puede asustar porque pensamos que se trata de ser impecables y de una sola vez. La impecabilidad por cierto si es la meta, pero la alcanzaremos hasta el día en el que nos presentemos delante del Señor (Fil_1:6). Sin embargo, de lo que realmente se trata, y de acuerdo con lo que nos enseña el significado original de la palabra griega que se traduce perfecto, es de crecimiento mental y en carácter, reparar, remendar, restaurar, unir, hacer apto, preparar, madurar, enseñar, instruir, equipar (2Ti_3:16-17).

 

Ello implica, entonces, y por lo menos:

·         Liberarnos, sanarnos (reparar, remendar) y restaurar nuestro corazón, para que la imagen de Dios en nosotros, que se corrompió en la caída y por el pecado, se vaya formando nuevamente en un proceso gradual (2Co_3:18), y podamos experimentar cada día en mayor medida, el fruto del Espíritu (Gal_5:22-23): amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio.

·         Reunir gradualmente nuestro espíritu, alma y cuerpo en un mismo sentir (integridad), que nuestro creer, pensar, hacer y ser sea uno solo, que lo engañoso y perverso del corazón resultante de la vieja manera de vivir (Jer_17:9) vaya menguando cada día más, y la imagen de Cristo en nosotros vaya creciendo (Jua_3:30) y, como consecuencia, dejemos de cosechar la corrupción de las obras de la carne y cosechemos los frutos de la vida eterna (Gal_6:7-8): la Paternidad de Dios, descanso, reposo, dirección, justicia, protección, seguridad, provisión, fortaleza, abundancia, victoria, etc.

·         Prepararnos para toda buena obra: la obra del ministerio, la reconciliación de las personas y de todas las cosas con Dios (2Co_5:17-20, Col_3:18-20, Rom_8:19-21).

·         Estar preparados para la edificación del Cuerpo de Cristo (la unidad, el crecimiento cuantitativo y cualitativo, el servicio al Señor y al prójimo, Fil_2:3-8).

·         Crecer, madurar espiritualmente, estar firmes en el Señor, resistir y derrotar todas las artimañas y maquinaciones del diablo. Que la Palabra no sea solamente conocimiento mental, sino una forma permanente de vida en comunión con Dios por el Espíritu Santo (Efe_6:10-13).

 

Entonces, ¿Qué implica ser perfecto en términos bíblicos y generales? En primer lugar, tener un corazón totalmente inclinado a Dios y en crecimiento constante en esa inclinación, amándolo sobre todas las cosas (Mat_22:36-38, Jua_4:23-24, Cnt_7:10). En segundo lugar, también tener una inclinación creciente a amar al prójimo en todas las circunstancias (favorables y/o desfavorables, agradables y/o desagradables, amigos y/o enemigos, etc.) sirviéndole en todo aquello que esté a nuestro alcance, viendo por lo de los demás y no solo por lo nuestro (Fil_2:3-4), y obedeciendo crecientemente Su Palabra y la dirección de Su Espíritu Santo en todas las circunstancias de la vida (Jua_14:15, Sal_1:1-3, 1Re_8:61, Rom_8:14, Sal_119:105).

 

Todo ello implica vivir una vida agradando a Dios con nuestros caminos, y como consecuencia de ello, heredaremos el bien y no nos faltará cosa alguna (Pro_11:20, Pro_28:10, Stg_1:4).

 

Solo necesitamos recordar que alcanzar la perfección en Cristo no es un evento, una cosa de una sola vez. Es un proceso que implica toda la duración de nuestra vida, por lo que necesitaremos la perseverancia, la paciencia y la firmeza que solo nos puede dar el Espíritu Santo.  En nuestras propias fuerzas ello es imposible, pero con la ayuda y el poder del Espíritu Santo a nuestra disposición, y creyendo en ello, todo es posible (Luc_1:37, Mar_9:23). Jesús mismo nos dijo que si creíamos en Él, las obras que Él había hecho nosotros también las haríamos y aún mayores haríamos (Jua_14:12), así que lo que nos queda es poner manos a la obra. El Espíritu Santo está esperando nuestra decisión para continuar esa obra en nosotros con mayor ímpetu, enfocándonos en ello cada día para avanzar hacia la meta (Fil_1:6, Pro_4:18, Fil_3:12-14). ¡¡¡Ánimo y adelante que al que cree todo lo es posible!!!

 

 

La ley del crecimiento.

 

LA LEY DEL CRECIMIENTO.

 

Todo lo creado por Dios obedece a una ley "natural": la del crecimiento. • Todo lo vivo nace, crece y se desarrolla y cuando deja de crecer y desarrollarse muerte. Y lo mismo que sucede en lo natural sucede en lo espiritual por cuanto lo natural es el reflejo de lo espiritual (Heb_11:3).

 

Si no crecemos en nuestra vida espiritual, tarde o temprano, sin estar muertos físicamente, moriremos o languideceremos en nuestra vida espiritual: el amor se enfriará (Mat_24:12), dejaremos el primer amor (Apo_2:4) convirtiéndonos en activistas, pero no adoradores (Apo_2:1-3, Jua_4:23-24) o lo que es peor aún, nos apartaremos hacia enseñanzas irrelevantes según nuestras propias concupiscencias (2Ti_3:1-5, 2Ti_4:3-4) o podríamos caer en apostasía (1Ti_4:1). Recordemos que estamos en una época en la que el diablo no solo anda como león rugiente buscando a quién devorar (1Pe_5:8) sino que también ha descendido con gran ira sabiendo que le queda poco tiempo (Apo_12:12), señal de lo cual es la multiplicación exponencial de la maldad en los últimos 25 años por lo menos.

 

La Palabra nos advierte en Efe_6:10-13 que nos fortalezcamos en el Señor y en el poder de Su fuerza (en Su Palabra y en la comunión con Él) para que podamos resistir las acechanzas del diablo y nos mantengamos firmes en el día malo.  Y para ello es esencial el crecimiento espiritual.

 

Así como en la vida terrenal nos enfocamos en crecer económica, posicional, personal y familiarmente, lo cual no está mal, igualmente si no aun más, deberíamos esforzarnos en el crecimiento espiritual por cuanto es el único crecimiento que perdurará después de la vida terrenal.  Todos los otros crecimientos que podamos experimentar tienen una duración temporal, pero el crecimiento espiritual tiene efectos no solo en lo terrenal (3Jn_1:2) sino más importante aún, en lo eterno.

 

Además, el crecimiento en lo natural, para ser efectivo, permanente y de bendición, requiere que sea derivado de nuestro crecimiento espiritual (Pro_4:18, Mat_6:33). 

 

Por todo lo anterior necesitamos esforzarnos más en nuestro crecimiento espiritual que en nuestro crecimiento natural o terrenal. Si nos estamos enfocando más en nuestro crecimiento terrenal que en el espiritual, es en lo terrenal que está nuestro tesoro, no en Dios, y por lo tanto, no estamos amando a Dios con todo nuestro ser (Mat_22:37-38) que es el primero y más importante mandamiento de la Palabra de Dios, además de que estamos poniendo en peligro, en mayor o menor grado, nuestra vida eterna (Mat_16:24-26). Y nos estamos convirtiendo, también en mayor o menor grado, en más amigos del mundo que de Dios, y los amigos del mundo, al final, son enemigos de Dios.

 

Para tener un crecimiento espiritual sólido, no solo necesitamos ser salvos y asistir a nuestras actividades congregacionales: necesitamos dedicarnos con energía a ello, lo que implica:

·         El escuchar, entender, meditar, escudriñar, atesorar y poner por obra la Palabra de Dios (Mat_4:4, Jua_5:39, Jua_17:3) para renovar nuestro entendimiento (despojarnos del hombre viejo y vestirnos del hombre nuevo, Efe_4:22-24, Rom_12:2, 2Co_10:4-5) y teniendo en la Palabra nuestra delicia (Sal_1:1-3).

·         Fortalecer nuestra comunión con el Padre por medio del Hijo a través del Espíritu Santo (Jua_14:6, Stg_4:5, Jua_4:23-24) y la búsqueda de la dirección de la Palabra y del Espíritu Santo (Sal_119:105, Rom_8:14) y de la obediencia a esa dirección.

·         Incrementar nuestro agradecimiento y alabanza al Señor por todos Sus beneficios (Sal_103:1-2, Sal_100:4, 1Ts_5:18).

·         No dejar de congregarnos porque allí envía Dios bendición y vida eterna (Sal_133:1-3) e involucrarnos activamente en la vida de la iglesia como miembros del Cuerpo de Cristo (1Co_12:1-31).

 

Hagamos de ello nuestro compromiso y disciplina diaria sabiendo que nuestra recompensa será no solo en la vida terrenal sino también en la eterna una vida abundante (Jua_10.10), una vida plena (Efe_1:22-23), una vida bendecida (Efe_1:3), una vida en victoria (Rom_8:31-39) y una vida en aumento constante (Fil_1:6, Pro_4:18) en los planes de Dios para nosotros que son de bien para darnos un futuro y una esperanza (Jer_29:11).

 

La vida cristiana, al igual que la vida natural, es una vida de enfoque, decisiones, esfuerzo, disciplina, etc., si queremos avanzar en ella, aunque los resultados de una y de otra son diferentes: el esfuerzo en lo terrenal solo trae recompensas temporales, inseguras, inestables, en tanto que nuestro esfuerzo en lo espiritual trae recompensas eternas. Necesitamos hacer lo primero, pero sin descuidar lo segundo.

 

La misma Palabra nos lo enseña. Necesitamos esforzarnos en la Gracia (2Ti_2:1-6, Mat_11:12, Jos_1:7-8) sin verdaderamente queremos que nos vaya bien en la vida terrenal sin descuidar el hecho de que nos vaya bien también en la vida eterna. Así que ¡¡¡Ánimo y persistencia, sabiendo que lo mejor de Dios viene para nosotros!!!

 

 

 

 

 

 

 

martes, 11 de noviembre de 2025

La vida cristiana, una vida de cambios para bien.

 

LA VIDA CRISTIANA, UNA VIDA DE CAMBIOS PARA BIEN.

 

Cuando una persona viene a Cristo es transformada desde lo más esencial de su ser, desde lo más profundo en su interior, hasta lo externo (2Co_5:17). No es una transformación operada por la persona utilizando sus capacidades, talentos, habilidades, fortalezas, etc., sino una transformación obrada por el poder de Dios operando desde el interior de ella (Fil_1:16, 2Pe_1:3-4) y que se manifiesta hacia el exterior por la obediencia a la dirección del Espíritu Santo (Rom_8.14) que nos ayuda y empodera para la transformación de todo lo relacionado con la vieja manera de vivir sin Cristo (Efe_4:22-24).

 

De tal manera que la vida en Cristo es una vida de cambios, pero no de cambios que nosotros tenemos que hacer para convertirnos en cristianos, sino cambios que Dios hace en nosotros por medio de Su Espíritu Santo, una vez que nos hemos convertido en cristianos (2Co_5:17). Y todos esos cambios son de una conveniencia tremenda para nosotros: que vivamos en los planes de nuestro Padre para nosotros, que son planes de bien para darnos un futuro (vida terrenal) y una esperanza (vida en la eternidad) (Jer_29:11) y que implican vivir una vida abundante (Jua_10:10), plena (Efe_1:22-23), bendecida (Efe_1:3), próspera (3Jn_1:2) y en victoria (Rom_8:31-32) en todas las áreas de nuestra vida, y que se va manifestando gradualmente en la medida en la que nos vamos apropiando de esos cambios que el Espíritu Santo está haciendo en nuestras vidas (Fil_1:16, 2Co_3:18, Pro_4:18).

 

Sin cambios en realidad no hay progreso sino retroceso, nos vamos quedando rezagados de la realidad que Dios quiere que vivamos: la distancia entre nosotros y Sus planes se incrementa. La vida en Cristo es una vida dinámica, de progreso, de incrementos, de crecimiento. Pero esos cambios no los provocamos nosotros, sino que el Espíritu Santo morando en nosotros (Jua_7:37-39, Hch_1:8, Jua_14:26, Jua_16:13, Rom_8:13-14, etc.), cambios que son por dirección (ordenados y realizados por Dios) y no por emoción (pretendidos por nosotros y en nuestras propias “fuerzas”). Cambios que suceden en nuestro ser interior no en lo exterior (no me gusta, no me parece, me incomoda, la distancia, las sillas, los hermanitos, el pastor, etc.).

 

Que no nos suceda lo que le sucedió al pueblo de Israel, al que Dios le quería dar la Tierra Prometida (sus planes de bien para ellos, para darles un futuro y una esperanza), pero que por no querer cambiar a la dirección de Dios, no entraron en esa generación y vagaron por el desierto durante 40 años (lo básico, lo mínimo) en lugar de lo mejor porque no quisieron seguir la dirección de Dios y siguieron la dirección de sus emociones, de la misma manera que el joven rico perdió la posibilidad de ser un discípulo (y posiblemente apóstol) de Jesús porque no quiso afrontar el cambio por dirección que Dios quería obrar en su vida y se dejó dominar por la emoción del amor a sus bienes, o Judas, que en un arranque de emociones (posiblemente ira y frustración) se dejó llevar por ellas para traicionar a Jesús y se convirtió en el hijo de perdición.

 

Algunos de los cambios que Dios quiere obrar en nuestra vida son:

·         Un cambio de naturaleza (de terrenal a eterna, 2Pe_1:3-4).

·         Un cambio de ciudadanía (de terrenal a celestial, Efe_2:12-13, Fil_3:20).

·         Un cambio de reino (de la potestad de las tinieblas al Reino de Su Luz admirable, Hch_26:18, Col_1:13).

·         Cambio de paternidad (de hijos del diablo a hijos de Dios, (Jua_8:44, Jua_1:12).

·         Cambio de mente (pensamientos, emociones, sentimientos, actitudes, motivaciones, decisiones y acciones; de una mente carnal, del diablo, a la mente de Cristo; Rom_12:2, Efe_4:22-24, 1Co_2:16).

·         Cambio de cultura (del egoísmo al amor, 1Co_13.1-3).

·         Cambio de leyes (de las humanas, inferiores, a las del Reino, superiores, Mat_6:33, Rom_14:17).

 

Y todos esos cambios que hemos mencionado para vivir en los buenos planes de Dios, agradables y perfectos para nosotros (Rom_12:2, Jer_29:11), están a nuestra mano en dos pasos: el primero, reconociendo el Señorío de Cristo en nuestras vidas y reconociéndola a Él como Señor y Salvador (Rom_10:8-10, Jua_1:12), no del diente al labio, sino en verdad, en nuestro corazón. Y el segundo, sometiéndonos a Dios en Su Palabra y en la dirección del Espíritu Santo creciendo en ello cada día y teniendo en ello nuestro enfoque y delicia para que todas las cosas nos salgan bien y caminemos en Sus planes para nosotros (Sal_1:1-3, Efe_6:10-13, Col_3:16, Efe_5:18).

 

Y recordemos, somos nosotros los que vamos a cambiar, pero no somos nosotros los que vamos a obrar los cambios sino el poder del Espíritu Santo obrando desde nuestro interior el que los va a realizar (Hch_1:8, 1Co_15:10).

 

Liberándonos de los adjetivos negativos.

 

LIBERÁNDONOS DE LOS ADJETIVOS NEGATIVOS.

 

La Palabra de Dios, en Pro_23:7 nos enseña que conforme pensemos de nosotros mismos en lo más profundo de nuestro corazón (no lo que digamos del diente al labio, sino lo que verdaderamente sabemos y creemos de nosotros), así vamos a vivir. Si pensamos que somos pecadores, vamos a pecar, si pensamos que somos mentirosos, vamos a mentir, si pensamos que somos inútiles, vamos a fracasar, etc. Los adjetivos negativos que usamos para definirnos a nosotros mismos y a otros son el resultado de la caída (en el Edén esos adjetivos no existían, solo los positivos, Gen_1:31), y se convierten en un instrumento del diablo para mantenernos atados a eso negativo que agregamos a nuestro ser (pecador, enfermo, adicto, alcohólico, “diablillo”, inútil, fracasado, etc.), pero cuando venimos a Cristo todo ello debe ser desechado, echado fuera de nuestras vidas, rechazado totalmente y dar paso a la forma en que nuestro Padre nos ve (2Co_5:17, 1Pe_1:23, 2Pe_1:3-4).

 

En la mayoría de los idiomas, el adjetivo se une al sujeto, por ejemplo “atardecer bonito”.  Sin embargo, en el hebreo, el lenguaje que Dios escogió para sí usado para la mayoría de las Escrituras y la lengua de Jesús, el adjetivo no se une al sujeto.

 

¿Qué relación tiene esto con nosotros? En el hebreo no existe algo parecido a una persona mala. Solo existe una persona que es creación de Dios porque la maldad es el estado en el que está, pero no es el verdadero ser del hombre o la mujer creados a imagen y semejanza de Dios (Gen_1:26-27). De tal manera que cuando Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) ven a una persona, la ven como a imagen de Dios, que está en una condición caída, atrapada en una condición de maldad, en una condición pecaminosa, que necesita redención, liberación, justificación y santificación. Y por lo mismo, esa persona, hombre o mujer, puede ser salvada.

 

Por ello, entre otros casos, cuando Jesús ve a Pablo en el camino de Damasco no lo ve como un asesino, sino como un hombre a Su imagen que le sería un instrumento escogido (Hch_9:15). Igualmente sucede cuando Dios ve a David: no lo ve como el asesino de Urías y adultero con Betsabé, sino lo ve como un hombre a Su imagen que sería un varón conforme a Su corazón y que haría todo lo que Él le mandaría (1Sa_15:26-28, Hch_13:22). E igual lo hace con cada uno de nosotros.

 

Cuando Jesús anduvo en Su ministerio terrenal, no veía a un enfermo, un endemoniado, un oprimido, un necesitado, sino a una persona a imagen de Dios que estaba atrapado en una situación de enfermedad, de posesión, de opresión, de necesidad, etc. Veía a través de todas esas situaciones a una persona a la imagen de Dios, veía la perfección de Dios en ellas, lo perfecto que podía ser rescatado, redimido (Luc_19:10).

 

Jesús vino para separarnos de la maldad, de la pecaminosidad, del estado caído, y no solo a nosotros los seres humanos, sino a toda Su Creación, corrompido por la caída (Gen_3:7-19, Jua_3:16-17, Rom_8:15-19, Col_3:18-20). De manera que la maldad, el pecado, la caída no son nuestras, son cosas que necesitamos soltar de nuestras vidas, no apropiárnoslas uniendo nuestros nombres a cualquiera de los adjetivos derivados de la caída (pecador, malo, enfermo, oprimido, caído, drogadicto, alcohólico, etc.).

 

Jesús, por amor, misericordia, gracia, favor, bondad, benignidad, etc., vino para redimirnos de todo ello, de la maldición de la ley (Deu_28:15-68, Col_2:13-15, Gal_3:13-14) por Su muerte y Su Sangre derramada en la Cruz, sellándolo con Su Resurrección, para unir nuestros nombres a Él, para que estemos en Él (2Co_5:17), uniendo los viejos adjetivos, de la vieja manera de vivir a Su Nombre, con Él mismo (Isa_53:3-4, Isa_53:12) para que ahora seamos los hijos de Dios (Jua_1:12, Rom_8:15-17). De manera que ahora ya no es nuestra maldad, nuestro pecado, nuestra enfermedad, nuestra opresión, etc. Cristo los llevó sobre sí y pagó el precio de todo ello para que ahora seamos los hijos de Dios en proceso de restauración de esa imagen de Él en nosotros (1Co_6:11, 2Co_3:18, Fil_1:6).

 

Por ello Pablo dice, refiriéndose al pecado que todavía se manifiesta, que “Ya no soy yo quién hace aquello, sino el pecado que mora en mí” (Rom_7:19-20). La no somos pecadores, sino hijos de Dios en proceso de restauración y liberación que aún pecan, pero no pecadores.

 

Cuando veamos a los demás: pecadores, lisiados, caídos, contaminados, quebrantados, poseídos, perversos, airados, etc., no veamos primero el adjetivo. Veámoslos como aquellos a quienes Dios hizo a Su imagen y a quienes Dios en Cristo redimió (rescato) y que están pendientes de recibir la plenitud de Aquel que todo lo llene en todo para ser liberados, sanados y restaurados (Luc_4:18-19)

 

E igualmente hagámoslo con nosotros, no viendo el adjetivo negativo, sino la imagen de Dios en nosotros que el Espíritu Santo esta restaurando (2Co_3:18) y a la cual llegaremos perfectamente en el día de Jesucristo (Fil_1:16). Ahora tenemos no solo nuestro nombre sino un nuevo adjetivo (apellido): hijos de Dios. Y todo por Su Gracia, no por nuestros méritos, no por nuestras obras, sino por Su Amor y Misericordia para con nosotros (Efe_2:8-10). 

 

Lo que realmente importa.

 

LO QUE REALMENTE IMPORTA.

 

En Fil_1:9-11 la Palabra de Dios nos brinda varias claves importantes para orientar, enfocar, nuestra vida cristiana, como hijos de Dios (Jua_1:12).

·         Que nuestro amor abunde más y más.

·         En ciencia y en conocimiento.

·         Para que aprobemos lo mejor.

·         Para ser sinceros e irreprensibles, llenos de frutos de justicia por medio de Cristo.

 

Amor abundante más y más.

·         No nos está hablando de cualquier clase o forma de amor, sino de uno específico, concreto: el amor Ágape, un amor al prójimo que implica afecto verdadero, benevolencia, incondicionalidad, sacrificial, aunque nos cueste), como el Amor que Cristo mostró por el mundo cuando se encarnó y cumplió Su ministerio redentivo en el mundo (Jua_3:16): poner nuestra vida por el prójimo (Fil_2:3-4). Y un amor que no es estático sino dinámico, que va creciendo día con día, eliminando todo obstáculo del yo, el ego, la carne que nos esté impidiendo dar nuestra vida por los demás (Efe_5:1-2, Jua_15:12).

 

En ciencia y en conocimiento.

·         Ese tipo de amor no es el que surge de nuestras propias emociones, sentimientos o pensamientos. Es un amor que surge del conocimiento profundo y personal de Dios, que nos amó primero (1Jn_4:19), un conocimiento no solo de Sus obras, sino principalmente de Su corazón, Su carácter y Su voluntad, con discernimiento espiritual y no solo conocimiento intelectual.

·         Ello solo lo logramos mediante la comunión constante con Él por medio del Espíritu Santo en todas las formas posibles de oración (acción de gracias y alabanza; lectura, entendimiento, meditación, atesoramiento y obediencia de la Palabra; búsqueda de dirección y respuestas, peticiones, etc.)  además de la enseñanza, recordatorio, dirección, ayuda y revelación del Espíritu Santo en la Palabra (Jua_17:3, 1Co_2:9-12).

·         Un amor sin el conocimiento de la Verdad que nos hace libres (Jua_8:31-32) en realidad no es amor sino sentimentalismo, y un amor sin conocimiento y discernimiento espiritual es un sentimentalismo ciego. Y lo que en este pasaje nos está indicando es que el amor que tengamos en nosotros para otros, no sea ni sentimentalismo ni ciego, sino con plena certeza y conocimiento de Dios, de Su Palabra y de Su Voluntad para con todos los seres humanos.

 

Para que aprobemos lo mejor.

·         No se trata solo de hacer lo bueno en lugar de lo malo, sino de hacer lo mejor (que es superior a lo bueno), no solo de hacer lo aceptable sino hacer lo excelente (lo mejor que podamos hacer incluso sacrificialmente).

 

Llenos de frutos de justicia.

·         Los frutos de justicia se refieren al resultado de buscar el Reino de Dios y Su justicia (Mat_6:33), de la aplicación de sus principios y Su Voluntad en lugar de la nuestra (Rom_14:17), lo que implica la negación del yo, del ego, de la carne (Jua_3:30) y que Cristo viva en nosotros y a través de nosotros (Gal_2:20) y sea manifiesto el fruto del Espíritu en todos los aspectos de nuestra vida (Gal_5:22-23).

 

Y las metas de todo ello son dos:

·         Para que Dios sea exaltado, glorificado, admirado, reconocido (Mat_5:13-16).

·         Para que seamos irreprensibles en la Venida de Cristo (o para cuando nos toque presentarnos delante de Él después de vivir la vida terrenal).

 

En otras palabras, lo que Dios pide de nosotros, como resultado de Su Gracia por medio de la fe en la salvación y en todos los aspectos de nuestra vida, es que siempre estemos llenos del fruto de la salvación: el carácter justo que Jesucristo produce en nuestras vidas (Jua_3:30, Rom_8:13-14, Rom_8:28-29, 2Co_3:18, Gal_2:20, Cnt_7:10, Efe_4:22-24) pero no por nuestro propio esfuerzo ni de manera perfecta e inmediata desde el día de nuestra salvación, sino por el poder y la obra del Espíritu Santo en nosotros (Hch_1:8, Efe_1:19-20, 2Co_3:18, Fil_1:6) buscando primeramente todo el transcurrir de nuestra vida, el Reino de Dios y Su justicia, que producirá que todo ello nos venga por añadidura (Mat_6:33). Todo ello implica que cada vez en mayor medida, sea Cristo en nosotros, el carácter, las obras, el fruto, la voluntad de Cristo en nosotros, que es nuestra esperanza de gloria (Col_1:27).