UNA VIDA
PARA SERVIR.
La Palabra en Isa_41:9
nos enseña que el Señor no solo nos salva (Dios nos llamó de tierras lejanas)
sino que nos llama a Su servicio (“te dije: mi siervo eres tú”). Y ese es un
llamado doble que se repite a lo largo de toda la Escritura (Isa_6:5-8,
Mat_8:14-15, Mar_5:18-20, Mar_16:15-18, Mat_28:18-20, 1Pe_2:9, Apo_1:5-6,
Apo_5:10-12, Fil_2:3-4, Mar_10:42-45, Hch_1:8, etc.).
Por ello, cuando el Señor
nos salva, también nos da dones (1Co_12:1-31), que básicamente son para
el servicio (provecho) de los demás (1Co_12:7, 1Pe_4:10), y nos enseña
que todos, sin excepción, no solo tenemos dones, sino que necesitamos ser
operativos en el Cuerpo de Cristo porque cada uno es necesario para los demás,
y cada uno necesitamos también de los demás para nuestro crecimiento y
maduración espiritual (1Co_12:21-23). Eso explica el porque tenemos cada
uno diferentes dones: para ser complementarios de los de otros (1Co_12:14-17,
Gen_2:18, Ecl_4:9-12).
El Señor, a cada uno de
nosotros nos ha hecho ministros de la reconciliación, no solo para que
reconciliemos a las personas con Dios mediante nuestros hechos diarios, nuestro
estilo de vida (Hch_1:8, Mat_5:14-16), sino que también dando testimonio
de lo que Él ha obrado en nuestras vidas (Mar_5:18-20), predicando el
evangelio a los que no se han convertido (Mar_16:15-18) y discipulando a
otros creyentes para su crecimiento y madurez espiritual (Mat_28_18-20),
y para que reconciliemos todas las cosas a nuestro alrededor con Él (que
apliquemos Sus principios en nuestras relaciones con las demás personas y con
las cosas, como buenos mayordomos de la multiforme gracia de Dios (1Pe_4:10)
que nos ha dado todas las cosas (Jua_3:27). Y todo ello, haciéndolo por
gracia (Mat_10:8), como ministros de un nuevo pacto, no de la ley, sino
del Espíritu, un pacto de gracia (2Co_3:6) que implica la adopción de
hijos (Jua_1:12, Rom_8:15-17) con todos los beneficios implícitos en una
Paternidad perfecta.
La mayoría de nosotros, como
Moisés frente a la zarza ardiente, Jeremías frente al llamado de Dios, David y
Salomón con respecto al llamado para ser rey, etc., podemos no sentirnos
competentes por nosotros mismos, y de hecho, no lo somos, pero nuestra competencia
para cumplir con el llamado de Dios no depende de nosotros, nuestras
habilidades, talentos, capacidades, etc., sino del equipamiento sobrenatural de
Dios: nuestra competencia proviene de Dios (2Co_3:5).
Además de las formas que
mencionamos anteriormente de servir a nuestros hermanos, hay muchas otras
formas que están a nuestro alcance para bendecirlos en la atención de sus
necesidades, no solamente materiales, sino también espirituales y emocionales (Fil_2:4,
Luc_4:18 –sanidad, liberación, restauración--, 1Co_14:3
–edificación, exhortación, consolación --, ayudándoles a llevar sus cargas en
oración e intercesión, etc.).
El tiempo para servir es
ahora, no importa en el nivel espiritual en el que nos encontremos, ya sea que
estemos empezando nuestro caminar en Cristo o bien que ya hayamos avanzado en
el camino. Nuestro privilegio, como
salvos, hijos de Dios, redimidos por Cristo, es ser imitadores de Cristo en
todo lo que hagamos, incluida el área de servicio a otros, y no solo en la
congregación, sino fuera de ellos, donde vivimos, donde trabajamos, donde
estudiamos, etc. Todo encuentro con una
persona es una oportunidad que Dios nos da de servir siendo amables con las
personas y apoyándoles si detectamos que tienen alguna necesidad que nosotros
podemos satisfacer directamente o dirigiéndoles hacia donde pueden encontrar la
ayuda y el apoyo que necesitan.
Recordemos, Dios, nuestro
Padre no solo nos llamó para ser salvos y Sus hijos, sino también para ser
hijos servidores, en primer lugar, de Él y en segundo, de nuestro prójimo, como
Sus colaboradores (2Co_6_1, 1Co_3:9): Él trabajo, nosotros somos Sus
ayudantes, no por méritos, sino por privilegio, por gracia. Así que manos a la
obra. Hoy es el día, no mañana, no más adelante. Hoy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario