LIBERÁNDONOS
DE LOS ADJETIVOS NEGATIVOS.
La Palabra de Dios, en Pro_23:7
nos enseña que conforme pensemos de nosotros mismos en lo más profundo de
nuestro corazón (no lo que digamos del diente al labio, sino lo que
verdaderamente sabemos y creemos de nosotros), así vamos a vivir. Si pensamos que
somos pecadores, vamos a pecar, si pensamos que somos mentirosos, vamos a
mentir, si pensamos que somos inútiles, vamos a fracasar, etc. Los adjetivos
negativos que usamos para definirnos a nosotros mismos y a otros son el
resultado de la caída (en el Edén esos adjetivos no existían, solo los
positivos, Gen_1:31), y se convierten en un instrumento del diablo para mantenernos
atados a eso negativo que agregamos a nuestro ser (pecador, enfermo, adicto,
alcohólico, “diablillo”, inútil, fracasado, etc.), pero cuando venimos a Cristo
todo ello debe ser desechado, echado fuera de nuestras vidas, rechazado
totalmente y dar paso a la forma en que nuestro Padre nos ve (2Co_5:17, 1Pe_1:23,
2Pe_1:3-4).
En la mayoría de los
idiomas, el adjetivo se une al sujeto, por ejemplo “atardecer bonito”. Sin embargo, en el hebreo, el lenguaje que
Dios escogió para sí usado para la mayoría de las Escrituras y la lengua de
Jesús, el adjetivo no se une al sujeto.
¿Qué relación tiene esto con
nosotros? En el hebreo no existe algo parecido a una persona mala. Solo existe
una persona que es creación de Dios porque la maldad es el estado en el que
está, pero no es el verdadero ser del hombre o la mujer creados a imagen y
semejanza de Dios (Gen_1:26-27). De tal manera que cuando Dios (Padre,
Hijo y Espíritu Santo) ven a una persona, la ven como a imagen de Dios, que
está en una condición caída, atrapada en una condición de maldad, en una
condición pecaminosa, que necesita redención, liberación, justificación y
santificación. Y por lo mismo, esa persona, hombre o mujer, puede ser salvada.
Por ello, entre otros casos,
cuando Jesús ve a Pablo en el camino de Damasco no lo ve como un asesino, sino
como un hombre a Su imagen que le sería un instrumento escogido (Hch_9:15).
Igualmente sucede cuando Dios ve a David: no lo ve como el asesino de Urías y
adultero con Betsabé, sino lo ve como un hombre a Su imagen que sería un varón
conforme a Su corazón y que haría todo lo que Él le mandaría (1Sa_15:26-28, Hch_13:22).
E igual lo hace con cada uno de nosotros.
Cuando Jesús anduvo en Su
ministerio terrenal, no veía a un enfermo, un endemoniado, un oprimido, un
necesitado, sino a una persona a imagen de Dios que estaba atrapado en una
situación de enfermedad, de posesión, de opresión, de necesidad, etc. Veía a
través de todas esas situaciones a una persona a la imagen de Dios, veía la
perfección de Dios en ellas, lo perfecto que podía ser rescatado, redimido (Luc_19:10).
Jesús vino para separarnos
de la maldad, de la pecaminosidad, del estado caído, y no solo a nosotros los
seres humanos, sino a toda Su Creación, corrompido por la caída (Gen_3:7-19,
Jua_3:16-17, Rom_8:15-19, Col_3:18-20). De manera que la maldad, el pecado,
la caída no son nuestras, son cosas que necesitamos soltar de nuestras vidas,
no apropiárnoslas uniendo nuestros nombres a cualquiera de los adjetivos
derivados de la caída (pecador, malo, enfermo, oprimido, caído, drogadicto,
alcohólico, etc.).
Jesús, por amor,
misericordia, gracia, favor, bondad, benignidad, etc., vino para redimirnos de
todo ello, de la maldición de la ley (Deu_28:15-68, Col_2:13-15, Gal_3:13-14)
por Su muerte y Su Sangre derramada en la Cruz, sellándolo con Su Resurrección,
para unir nuestros nombres a Él, para que estemos en Él (2Co_5:17),
uniendo los viejos adjetivos, de la vieja manera de vivir a Su Nombre, con Él
mismo (Isa_53:3-4, Isa_53:12) para que ahora seamos los hijos de Dios (Jua_1:12,
Rom_8:15-17). De manera que ahora ya no es nuestra maldad, nuestro pecado,
nuestra enfermedad, nuestra opresión, etc. Cristo los llevó sobre sí y pagó el
precio de todo ello para que ahora seamos los hijos de Dios en proceso de
restauración de esa imagen de Él en nosotros (1Co_6:11, 2Co_3:18, Fil_1:6).
Por ello Pablo dice,
refiriéndose al pecado que todavía se manifiesta, que “Ya no soy yo quién hace
aquello, sino el pecado que mora en mí” (Rom_7:19-20). La no somos pecadores,
sino hijos de Dios en proceso de restauración y liberación que aún pecan, pero
no pecadores.
Cuando veamos a los demás:
pecadores, lisiados, caídos, contaminados, quebrantados, poseídos, perversos,
airados, etc., no veamos primero el adjetivo. Veámoslos como aquellos a quienes
Dios hizo a Su imagen y a quienes Dios en Cristo redimió (rescato) y que están
pendientes de recibir la plenitud de Aquel que todo lo llene en todo para ser liberados,
sanados y restaurados (Luc_4:18-19)
E igualmente hagámoslo con
nosotros, no viendo el adjetivo negativo, sino la imagen de Dios en nosotros
que el Espíritu Santo esta restaurando (2Co_3:18) y a la cual llegaremos
perfectamente en el día de Jesucristo (Fil_1:16). Ahora tenemos no solo
nuestro nombre sino un nuevo adjetivo (apellido): hijos de Dios. Y todo por Su
Gracia, no por nuestros méritos, no por nuestras obras, sino por Su Amor y
Misericordia para con nosotros (Efe_2:8-10).
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