PROPÓSITO DE DIOS Y CAMBIOS.
Dios tiene un propósito para
nosotros (Efe_2:10) y nos creó y equipó para cumplirlo (Sal_139:13-16),
comenzando por la salvación en Cristo (Rom_10:8-10), y ese propósito es
que vivamos en sus buenos planes de bien para darnos un futuro y una esperanza
(Jer_29:11) y llevar nuestras vidas en aumento como la luz de la aurora
(Pro_4:18).
Dios es el que lo hará todo
para que ello suceda, lo único que nosotros necesitamos es alinearnos con Él y
anhelar el cumplimiento de esos planes, y Él lo hará (Num_23:19) porque
Él no cambia ni se arrepentirá (Mal_3:6). La forma de alinearnos a Sus
planes es alinearnos a los cambios que Él por Su Palabra y Su Espíritu opera en
nuestros corazones (Sal_119:105, Rom_8:14). Él hará los cambios y las
alineaciones en nuestra vida que sean necesarios para el cumplimiento de Sus
planes. Nosotros solo tenemos que seguirlos.
De la misma manera que el
pueblo de Israel cuando salió de Egipto tenía que seguirlo y Él derrotaría a
sus enemigos y supliría sus necesidades, Él lo hará con nosotros, pero
necesitamos seguirlo, anhelar Sus planes, y no ser como el pueblo de Israel que
se opuso a los planes de Dios y por ello tuvo que andar vagando en el desierto
por 40 años en lugar de haber disfrutado ese tiempo dentro de la tierra
prometida.
Para nosotros, la tierra
prometida son Sus planes que implican vida abundante (Jua_10:10), vida
plena (Efe_1:22-23), vida bendecida (Efe_1:3), vida próspera (3Jn_1:2)
y vida en victoria (Rom_8:31-39), mientras que el desierto, no seguir
Sus planes, resistirlos, nos llevará al “desierto” (una vida en lo mínimo, lo
básico, la costumbre, la rutina, la “normalidad” que es prácticamente
equivalente a mediocridad, ser del montón, etc.).
Obviamente, como ya lo
hicimos ver, el proceso va a implicar cambios, pero no son cambios que somos
forzados a hacer, sino que Dios nos convence gradualmente de la necesidad de
ellos, y no solo nos convence sino que nos equipa y dirige para lograrlos:
cambios de pensamiento, emociones, sentimientos, actitudes, motivaciones,
decisiones y acciones, que Él va sembrando en nosotros a través del
conocimiento de Su Palabra y de la dirección de Su Espíritu Santo, gradualmente
también (Fil_1:6, Pro_4:18). Muchas personas piensan que para ser
cristianos tienen que cambiar, y como no pueden, no se animan a hacerlo; pero
ello es una mentira del diablo. Los cambios los opera Dios en nosotros, cuando
nos convence, los anhelamos y le obedecemos (Fil_1:6, 2Co_3:18, Fil_2:13, Fil_3:7-8).
Quizá en algún momento el
proceso no sea cómodo, e implique de nosotros decisión, convicción, esfuerzo,
disciplina, compromiso, responsabilidad, enfoque, diligencia, etc. (Mat_11:12,
2Ti_2:1), para mantenernos en el camino y no desviarnos, de la misma manera
que en la vida fuera de Dios y de Cristo se requiere de todo ello para triunfar
además de la transformación qué no podemos lograr porque no tenemos ni la
fuerza ni el poder para hacerlo, por lo que a la larga representa un esfuerzo
frustrante.
Pero en Dios ello es
diferente. Él nos provee el poder de la transformación, y Él la hace en
nosotros, además de que podemos estar seguros qué alcanzaremos la meta y va a
ser glorioso (Fil_1:6, Pro_4:18, Fil_2:13, 2Co_3:18).
Si aún no hemos comenzado a
caminar en ese proceso hoy es el tiempo de hacerlo, no hay tiempo que perder,
porque en la medida en la que no nos decidimos, perdemos días de oportunidad,
días de mayor bendición y plenitud. Y el proceso comienza, como ya lo
mencionamos, por entregarle nuestra vida a Cristo para que Él perdone nuestros
pecados, nos haga nuevas criaturas, nos de la vida eterna y comience el proceso
de nuestra transformación (Rom_10:8-10, 2Co:5:17, Jua_3:16-17). Hoy es
el día de la decisión (Isa_55:6).
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