PROPÓSITO Y CAMBIOS.
Es un hecho irrefutable en
la Palabra de Dios y en nuestra experiencia diaria, que la vida en Cristo es
una vida de cambios (Fil_1.6, Pro_4:18, 2Co_3:18). De hecho, también la vida sin Cristo es una
vida de cambios, pero con un resultado diferente (Pro_16:25, Jua_10:10, Rom_12:2).
Los cambios de la vida en
Cristo van orientados al cumplimiento de Sus planes de bien para darnos un
futuro y una esperanza (Jer_29:11) que implican una vida abundante (Jua_10:10),
plena (Efe_1:22-23), bendecida (Efe_1:3), próspera en todas las
cosas (3Jn_1:2) y en victoria (Rom_8:31-39).
Los cambios son la obra de
Dios en nosotros por el Espíritu Santo, y lo que el Espíritu Santo requiere de
nosotros es la colaboración por cuanto no somos marionetas en manos de un Dios
titiritero, sino personas con voluntad a las que el Señor convence (Fil_2:13).
La colaboración que Dios requiere de nosotros es obediencia y esfuerzo en lo
que Él nos enseñe y nos guíe para ponerlo por obra, un compromiso
inquebrantable con Él de mantenernos firmes y la responsabilidad, disciplina y
diligencia requerido para ello.
Esas palabras hoy no le
gustan a la mayoría de personas que pertenecen a la generación de los
instantáneos, desechables y fáciles: café instantáneo, leche instantánea, sopas
instantáneas, comida instantánea, comunicaciones instantáneas, amor
instantáneo, aparatos desechables, etc., además de conocimientos, diversión,
espectáculos, dinero, éxito, etc. Pero
todo lo instantáneo y lo fácil es desechable, y lo que Dios quiere hacer a
través de los cambios que obra por el Espíritu en nosotros son eternos,
perdurables.
Lo instantáneo son eventos,
pero Dios es un Dios de procesos. Pudo
llevar a Israel de un solo salto de Egipto a la Tierra Prometida, pero los
llevó no por once días sino por dos años en un proceso de formación, y aun así
fallaron. No quisieron continuar con su proceso de formación dentro de la
Tierra Prometida y como consecuencia de ello, se perdieron no solo la
formación, también las bendiciones que ya estaban allí para ellos para que las
disfrutaran.
En el proceso de formación
hay bendiciones (no les falto alimento, calzado, salud, protección), pero
mientras más avanzamos en el proceso más bendiciones (tierra que fluye leche y
miel).
Dios no cambia (Mal_3:6,
Heb_13:8), y por lo mismo, todos los llamados de Dios, y entre ellos
nosotros sus hijos, pasamos por los mismos procesos (1Pe_5:9): cambios
graduales de mentalidad (Rom_12:2, Efe_4:22-24, Sal_1:3) que nos introducen
en la vida abundante, plena, bendecida, próspera y victoriosa en Dios. Cambios
de carácter que nos afirman en esa vida que Dios nos da (2Co_3:18,
Gal_5:22-23) y cambios de ambiente porque si bien estamos en el mundo, ya
no somos del mundo, somos del Espíritu, somos del Cielo y nuestras metas ya no
son las terrenales (inferiores y momentáneas, temporales) sino las celestiales
(superiores, permanentes) que hacen posible el logro de metas terrenales
(añadiduras) sin perder las celestiales (Mat_6:33, Col_3:1-3).
En lo natural a muchas
personas les pueden asustar los cambios por la incertidumbre que produce el
futuro porque sus resultados inciertos pueden ser para mal o para bien, pero el
Señor nos enseña que los cambios que Él hace en nuestras vidas son para bien,
para darnos un futuro y una esperanza, y Él que no miente ni cambia, nos lo
garantiza de manera irrefutable (Mal_3:6, Heb_13:8, Num_23:19, 2Co_1:20),
además de proveernos todo Su Poder para los cambios que necesitamos (Efe_1:19,
Hch_1:8) y toda Su ayuda para ello (Rom_8:26).
De manera que no temamos a
esos cambios, y dejemos atrás la vieja manera de pensar del mundo que engañosamente
afirma que antes de ser cristiano uno tiene que cambiar, lo cual es falso. Dios
no requiere de nosotros cambios para adoptarnos como Sus hijos (Jua_1:12,
Rom_8:15-17), sino fe en Jesús como nuestro Señor y Salvador, creer en el
corazón en Él (Rom_10:8-10, Hch_2:21, Rom_10:13, Jer_33:3). Y venida la
fe, el Señor toma a Su cargo producir los cambios que sean necesarios para el
cumplimiento de Sus buenos planes para nosotros, para darnos un futuro y una
esperanza, comenzando por la regeneración de nuestro espíritu (2Co_5:17,
1Pe_1:23, 2Pe_1:3-4) que son el resultado de la fe.
Retardar todo ello:
entregarle nuestra vida completamente a Cristo y permitir que Él haga los
cambios que requiere en nosotros para que vivamos Su buena voluntad, agradable
y perfecta (Rom_12:2) no es en nuestro beneficio, más bien es lo
contrario, son en nuestro perjuicio, porque al igual que el pueblo de Israel en
el desierto cuando no le creyó a Dios para entrar en la tierra prometida y que
Él haría los cambios que fueran necesarios para que ellos disfrutaran de esa
tierra de bendición, se perdieron durante 40 años las bendiciones mayores de
Dios, nos puede suceder a nosotros. Hoy es el día de hacerlo sin dilaciones (Isa_55:6).
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