martes, 11 de noviembre de 2025

Propósito y cambios.

 

PROPÓSITO Y CAMBIOS.

 

Es un hecho irrefutable en la Palabra de Dios y en nuestra experiencia diaria, que la vida en Cristo es una vida de cambios (Fil_1.6, Pro_4:18, 2Co_3:18).  De hecho, también la vida sin Cristo es una vida de cambios, pero con un resultado diferente (Pro_16:25, Jua_10:10, Rom_12:2).

 

Los cambios de la vida en Cristo van orientados al cumplimiento de Sus planes de bien para darnos un futuro y una esperanza (Jer_29:11) que implican una vida abundante (Jua_10:10), plena (Efe_1:22-23), bendecida (Efe_1:3), próspera en todas las cosas (3Jn_1:2) y en victoria (Rom_8:31-39).

 

Los cambios son la obra de Dios en nosotros por el Espíritu Santo, y lo que el Espíritu Santo requiere de nosotros es la colaboración por cuanto no somos marionetas en manos de un Dios titiritero, sino personas con voluntad a las que el Señor convence (Fil_2:13). La colaboración que Dios requiere de nosotros es obediencia y esfuerzo en lo que Él nos enseñe y nos guíe para ponerlo por obra, un compromiso inquebrantable con Él de mantenernos firmes y la responsabilidad, disciplina y diligencia requerido para ello.

 

Esas palabras hoy no le gustan a la mayoría de personas que pertenecen a la generación de los instantáneos, desechables y fáciles: café instantáneo, leche instantánea, sopas instantáneas, comida instantánea, comunicaciones instantáneas, amor instantáneo, aparatos desechables, etc., además de conocimientos, diversión, espectáculos, dinero, éxito, etc.  Pero todo lo instantáneo y lo fácil es desechable, y lo que Dios quiere hacer a través de los cambios que obra por el Espíritu en nosotros son eternos, perdurables.

 

Lo instantáneo son eventos, pero Dios es un Dios de procesos.  Pudo llevar a Israel de un solo salto de Egipto a la Tierra Prometida, pero los llevó no por once días sino por dos años en un proceso de formación, y aun así fallaron. No quisieron continuar con su proceso de formación dentro de la Tierra Prometida y como consecuencia de ello, se perdieron no solo la formación, también las bendiciones que ya estaban allí para ellos para que las disfrutaran.

 

En el proceso de formación hay bendiciones (no les falto alimento, calzado, salud, protección), pero mientras más avanzamos en el proceso más bendiciones (tierra que fluye leche y miel).

 

Dios no cambia (Mal_3:6, Heb_13:8), y por lo mismo, todos los llamados de Dios, y entre ellos nosotros sus hijos, pasamos por los mismos procesos (1Pe_5:9): cambios graduales de mentalidad (Rom_12:2, Efe_4:22-24, Sal_1:3) que nos introducen en la vida abundante, plena, bendecida, próspera y victoriosa en Dios. Cambios de carácter que nos afirman en esa vida que Dios nos da (2Co_3:18, Gal_5:22-23) y cambios de ambiente porque si bien estamos en el mundo, ya no somos del mundo, somos del Espíritu, somos del Cielo y nuestras metas ya no son las terrenales (inferiores y momentáneas, temporales) sino las celestiales (superiores, permanentes) que hacen posible el logro de metas terrenales (añadiduras) sin perder las celestiales (Mat_6:33, Col_3:1-3).

 

En lo natural a muchas personas les pueden asustar los cambios por la incertidumbre que produce el futuro porque sus resultados inciertos pueden ser para mal o para bien, pero el Señor nos enseña que los cambios que Él hace en nuestras vidas son para bien, para darnos un futuro y una esperanza, y Él que no miente ni cambia, nos lo garantiza de manera irrefutable (Mal_3:6, Heb_13:8, Num_23:19, 2Co_1:20), además de proveernos todo Su Poder para los cambios que necesitamos (Efe_1:19, Hch_1:8) y toda Su ayuda para ello (Rom_8:26).

 

De manera que no temamos a esos cambios, y dejemos atrás la vieja manera de pensar del mundo que engañosamente afirma que antes de ser cristiano uno tiene que cambiar, lo cual es falso. Dios no requiere de nosotros cambios para adoptarnos como Sus hijos (Jua_1:12, Rom_8:15-17), sino fe en Jesús como nuestro Señor y Salvador, creer en el corazón en Él (Rom_10:8-10, Hch_2:21, Rom_10:13, Jer_33:3). Y venida la fe, el Señor toma a Su cargo producir los cambios que sean necesarios para el cumplimiento de Sus buenos planes para nosotros, para darnos un futuro y una esperanza, comenzando por la regeneración de nuestro espíritu (2Co_5:17, 1Pe_1:23, 2Pe_1:3-4) que son el resultado de la fe.

 

Retardar todo ello: entregarle nuestra vida completamente a Cristo y permitir que Él haga los cambios que requiere en nosotros para que vivamos Su buena voluntad, agradable y perfecta (Rom_12:2) no es en nuestro beneficio, más bien es lo contrario, son en nuestro perjuicio, porque al igual que el pueblo de Israel en el desierto cuando no le creyó a Dios para entrar en la tierra prometida y que Él haría los cambios que fueran necesarios para que ellos disfrutaran de esa tierra de bendición, se perdieron durante 40 años las bendiciones mayores de Dios, nos puede suceder a nosotros. Hoy es el día de hacerlo sin dilaciones (Isa_55:6).

 

 

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