Los seres humanos fuimos creados
para crecer, ensancharnos, para avanzar.
La Palabra de Dios nos enseña
que los seres humanos no fuimos creados para estar limitados, escasos,
conformistas. Cuando Dios nos creó en Adán y Eva, si bien nos hizo del polvo de
la tierra (Gen_2:7) también nos hizo a Su Imagen y Semejanza (Gen_1:26-27),
y Dios es infinito, además de eterno, de tal manera que en nosotros Él puso la
semilla de lo infinito y de lo eterno para vivirlo no solo en la vida terrenal
sino también en la vida eterna.
Sin embargo, en la caída, todo
ello se corrompió, se torció, perdimos el rumbo, y en lugar de seguir los
planes de Dios (vida abundante, Jua_10:10) seguimos los planes del
diablo de vivir alejados de Dios siguiendo nuestros propios caminos que nos
parecen derechos en nuestra propia opinión pero que en realidad son para
robarnos, matarnos y destruir todo aquello para lo cual Dios nos creó.
Pero, Dios en Cristo vino a
rescatar todo lo que se había perdido (Luc_19:10), a deshacer todas las
obras del diablo en nuestras vidas (1Jn_3:8) y a restaurar Sus planes
para nosotros, planes de bien y no de mal para darnos un futuro y una esperanza
(Jer_29.11).
Esos planes de Dios para
nosotros implican:
·
Una vida abundante (Jua_10:10).
·
Una vida plena, en plenitud (Efe_1:22-23).
·
Una vida en salud y prosperidad en todas las
cosas (3Jn_1:2).
·
Una vida bendecida (Efe_1:3).
·
Una vida en victoria (Rom_8:31-39).
La clave es rechazar todas las
obras del diablo y de la caída en nuestras vidas y abrazar los planes de Dios
para nosotros en Cristo, y ello implica, como primer paso, reconocer el Señorío
de Cristo en nuestras vidas (Jua_3:16, Jua_1:12, Rom_10:8-10) y luego,
ensanchar nuestro corazón llenándonos de la Palabra de Dios y restaurar nuestra
manera de pensar conforme a Dios (Col_3:16, Efe_4.22-24, Rom_12:2) para
lo cual el Señor no solo nos ha dejado Su Palabra Escrita, sino también nos da
Su Espíritu Santo para empoderarnos (Hch_1:8), ayudarnos en todas las
cosas necesarias para alcanzar Sus planes para nosotros (Rom_8:26),
enseñarnos y recordarnos Su Palabra (Jua_14:26, Jua_16:13) y guiarnos (Rom_8:13-14)
para rechazar la vieja manera de pensar y recibir la nueva según Dios.
Muchos piensan que para vivir
en Cristo necesitan antes vencer y dejar muchas cosas de su actual manera de
vivir, lo cual es una mentira del diablo para evitarles dar el paso hacia
Cristo. Si bien es cierto que en la
nueva manera de vivir en Cristo todas las cosas viejas pasarán y todas serán
hechas nuevas, ello no será por nuestro propio esfuerzo sino por la obra
imperceptible pero efectiva del Espíritu Santo en la transformación de nuestro
corazón (2Co_5:17, Eze_36:24-31). Todo lo malo pasará y todo lo bueno
será potenciado gradualmente hasta llegar a la perfección en Cristo (Fil_1:6).
Si todavía no lo hemos hecho,
el tiempo es ahora (Isa_55:6) porque llegará un tiempo (y posiblemente
está muy cercano) en que Él será buscado y no será hallado (Amo_8:11).
Y para ello, no es nada
difícil, es sencillo: creer en nuestro corazón que Jesús es el Señor de
nuestras vidas y que Dios le resucitó de los muertos, y entonces seremos salvos
(Rom_10:8-10), adoptados hijos de Dios (Jua_1:12, Rom_8:15-16), y
como hijos, herederos de Dios y coherederos con Cristo de Sus planes y todas
Sus bendiciones para nosotros que necesitamos para vivir aquí en la tierra, y
después, la eternidad perfecta con Dios y Cristo (Apo_21:1-4).
Y si ya somos hijos, no
desmayar sino llenarnos de Su Palabra y de Su Espíritu cada día (Col_3:16,
Efe_5:18) para resistir todas las obras del diablo y estar firmes y
enfocados en la vida que Cristo quiere que vivamos (Efe_6:10-13) y para
la cual nos guía Su Palabra (Sal_119:105) y Su Espíritu Santo (Rom_8:14).
La Palabra nos enseña que para
todo ello no estamos estrechos, limitados en Dios, sino que lo estamos en
nuestro propio corazón no renovado (2Co_6:12) engañoso y perverso más
que todas las cosas (Jer_17:9), lo cual es la razón de la necesidad de
llenarnos de la Palabra y buscar la comunión con el Espíritu Santo todos los
días, para vencer las cosas engañosas y perversas que aún puedan haber en
nuestro corazón (2Co_10:4-5, Efe_4:22-24, Rom_12:2).
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