EL
PODER DE LA SEMILLA.
En Mat_13:31-32 Jesús
nos enseña una Parábola en la cual hace al Reino de Dios equivalente a una
semilla de mostaza, que es la más pequeña de todas las semillas, pero al crecer
se convierte en la más grande de las hortalizas.
Esto equivale a decirnos que
todo lo que Dios siembra en nosotros es como una semilla, y que, por lo mismo,
debe seguir el proceso de una semilla para producir fruto. La semilla, para comenzar su proceso de dar
fruto, en primer lugar, tiene que caer a tierra, es decir, ser sembrada. Y esto es un tipo de lo que Jesús también nos
enseña en la Parábola del Sembrador (Mat_13:18-23): la tierra es nuestro
corazón, la semilla es la Palabra de Dios, y para que la semilla produzca fruto
debe ser sembrada en un buen terreno, es decir, en un corazón que esté
preparado y anhelante de recibir la semilla. La forma de preparar el corazón es
en primer lugar, estar dispuesto a poner atención a la Palabra, a resistir la
prueba que puede venir como consecuencia de esa Palabra, y a resistir los
afanes de la vida (los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria
de la vida, 1Jn_2:15-17, o lo que es lo mismo, la autocomplacencia o
autosatisfacción, la autogratificación y la autoexaltación).
Una vez recibida la semilla
en la tierra debe ser regada y abonada. El equivalente a ello en lo espiritual
relacionado con la semilla sembrada en nuestro corazón, es que debe ser regada
con el agua de la Palabra (la fe se incrementa con el oír constantemente la
Palabra de Dios) y por la comunión con el Espíritu Santo que es nuestro
Ayudador para atesorarla y ponerla por obra, nuestro Maestro que nos la enseña
y revela, y nuestro guía para aplicarla en nuestra vida (Rom_8:26,
Jua_14:26, Jua_16:13). Recordemos que en Jua_15:3 Jesús compara la
Palabra con agua que limpia además de que en Heb_4:12 la Palabra nos
enseña que ella penetra profundamente en nuestro ser interior para discernir
los pensamientos y las intenciones del Espíritu y del corazón y en Jua_7:37-39
y en Sal_119:105 nos enseña que la Palabra es lámpara a nuestros pies y lumbrera
a nuestro camino. Por otro lado, Jesús
en Jua_7:37-39 compara al Espíritu Santo con ríos de agua viva que
corren en nuestro interior.
El siguiente paso que se da
en las faenas agrícolas una vez que la semilla ha sido sembrada y regada, es
que se abona, y ello equivale a la enseñanza de la Palabra de Dios que
recibimos cuando nos congregamos, en donde Dios envía una porción de bendición
y vida eterna para fortalecer, sanar, liberar y restaurar nuestro corazón, fortaleciéndolo
para que sea una tierra más fértil aún, en la que la semilla crezca y produzca
mucho fruto.
Y finalmente, después de
sembrar la semilla, regarla y abonarla, el agricultor debe mantener el cuidado
de la tierra para evitar que otras semillas no acordes con la que se sembró, o
de hierba mala, surjan e impidan que la semilla ya hecha planta, siga creciendo
y produzca mucho fruto. Ello es
equivalente a la necesidad de cuidar nuestro corazón que nos enseña la Palabra
en Pro_4:23, lo que se logra cuidando lo que pensamos (Pro_23:7,
Fil_4:8), lo que vemos (Mat_6:22), lo que oímos (Mar_4:24), lo que
hablamos (Pro_18:20-21), a donde vamos (Pro_4:26-27), con quién
andamos (Sal_101:3-6), los modelos que seguimos (Efe_5:1), las
motivaciones de nuestro corazón (1Co_13:1-3), nuestras actitudes (1Sa_16:7)
y nuestras decisiones (Deu_30.19-20).
Incluso Jesús mismo habló de
Su propia vida como una semilla (Jua_12:23-24). Cuando ello sucedió,
estaba hablando de Su Muerte y del fruto que produciría: salvación,
resurrección, vida eterna. Y ello es precisamente lo que sucede cuando nosotros
permitimos que la Palabra sea sembrada en nuestro corazón, la regamos, la
abonamos y la cuidamos: nuestra vida crecerá en la dirección de:
·
Una vida abundante (Jua_10:10).
·
Una vida plena (Efe_1:22-23).
·
Una vida bendecida (Efe_1:3).
·
Una vida próspera (3Jn_1:2).
·
Una vida victoriosa (Rom_8:31-39).
·
Una vida en crecimiento constante (Pro_4:18).
Así que siempre tengamos
preparado nuestro corazón para recibir la semilla que el Padre pueda enviarnos
ya sea por su Espíritu Santo, por la lectura y meditación de la Palabra, o por
intermedio de otra persona, para atesorarla, entenderla, meditarla y
obedecerla.
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