TODO OBRA
PARA NUESTRO BIEN.
La Palabra en Rom_8.28-29
nos enseña que todo obra para bien de los que aman a Dios, pero esta no es una
promesa incondicional y expresarla de esta manera es hacerlo de una forma
incompleta, en primer lugar, porque la promesa es condicional: si estamos
buscando que la imagen (el carácter de Cristo) sea formado en nosotros. Si no estamos buscando eso, entonces la
promesa no tendrá cumplimiento. Y, en segundo lugar, no se refiere solo a las
cosas negativas (las que no nos gustan), sino también a las positivas (las que
nos gustan). De tal manera que negativo o positivo es una valoración nuestra,
personal, no de Dios, porque todo lo que Dios permite en nuestras vidas (nos
guste o no), si queremos hacer Su Voluntad de que el carácter de Cristo sea
formado en nosotros, todas las cosas son “buenas” sin excepción, no en función
de la situación en sí, sino en función de los resultados que Dios obrará por
medio de ellas: lo que no nos gusta para fortalecernos en paciencia, fe,
perseverancia, firmeza, victoria, etc., y las que nos gustan para disfrutar de
ellas.
Cuando la Palabra dice que
todas las cosas obran para bien, se refiere a todas las cosas: el bien y el
mal, lo hermoso y lo feo, lo alegre y lo doloroso, los problemas y los
triunfos, los fracasos y los éxitos. Todo, sin excepción, a los hijos de Dios
que buscan hacer Su voluntad, será para nuestra bendición y para nuestro bien
porque nos ayudaran a crecer en madurez, en estatura espiritual, en carácter,
con sus consecuencias de una mayor bendición para nuestras vidas.
Ahora bien, si lo bueno (lo
que nos gusta) y lo malo (lo que no nos gusta) está obrando para nuestro bien
¿hay algo que sea malo en realidad? La respuesta es no, porque si incluso lo
malo está obrando para nuestro bien, al final es bueno. Y así, para nosotros
los hijos de Dios, solo hay una realidad en dos formas: bendiciones evidentes
(lo que nos gusta) y bendiciones disfrazadas (lo que no nos gusta), y a veces
muy disfrazadas, pero no por eso dejan de producir bendiciones para nosotros
los hijos de Dios. Como ya mencionamos,
las bendiciones disfrazadas también nos ayudan a nuestra formación,
crecimiento, aprendizaje, maduración (Pro_4:18, Fil_1:6).
Ejemplo de ello lo tenemos
en el caso de David con respecto a Saúl.
Aunque este último lo persiguió prácticamente durante unos 15 años, al
final, fue el entrenamiento que David necesitaba para estar preparado para gobernar
a Israel y ser transformado en un hombre conforme al corazón de Dios (Hch_13:22).
Otro ejemplo de ello lo tenemos en la “pasión” de Cristo, quien por nosotros
sufrió la muerte y una de las peores muertes posibles para un ser humano,
además de vituperio, burla, menosprecio, rechazo, insultos, heridas, latigazos,
etc., pero al final todo ello redundó en miles y miles de personas en todas las
edades, lugares y circunstancias que recibieron vida eterna al creer en Jesús (Isa_53:1-12).
También ejemplo de ello tenemos las prisiones de Pablo que, si no las hubiera
experimentado, no tendríamos muchas de las epístolas que han edificado la vida
de millones de creyentes en todas las épocas.
Por ello la
Palabra en Ecl_7:2-5 nos enseña: “Mejor es ir a la casa del luto que a la
casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive
lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar
que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los
insensatos, en la casa en que hay alegría. Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios.”
Y también, en Sal_23:4-6,
la Palabra nos enseña que una vez que pasemos por el valle de sombra de muerte,
donde el Señor nos acompaña y nos fortalece, recibiremos un cúmulo de
bendiciones que antes no habían sido mencionadas.
De tal manera
que no le tengamos miedo o rechazo a las situaciones que no nos gusten en
nuestra vida como cristianos, que las habrán (Jua_16:33), sino que
fortalezcámonos en la Palabra del Señor, en el Espíritu Santo y en la fe (Efe_6:10-18),
y enfrentémoslas con plena confianza en el Señor que Él las hará obrar para
nuestro bien, que no seremos tentados o probados más allá de lo que podamos
resistir, y que juntamente con la tentación y/o la prueba el Señor nos dará la
salida (1Co_10:13) y hará obrar todo para bien por el Espíritu Santo,
formando nuestro carácter a la semejanza del carácter de Cristo (2Co_3:18)
y que detrás de esa situación viene nuestra victoria (Rom_8:31-39) y
nuestra bendición (Mat_6:33) en mayor medida de las que hemos
experimentado anteriormente.
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