martes, 11 de noviembre de 2025

La vida cristiana, una vida de cambios para bien.

 

LA VIDA CRISTIANA, UNA VIDA DE CAMBIOS PARA BIEN.

 

Cuando una persona viene a Cristo es transformada desde lo más esencial de su ser, desde lo más profundo en su interior, hasta lo externo (2Co_5:17). No es una transformación operada por la persona utilizando sus capacidades, talentos, habilidades, fortalezas, etc., sino una transformación obrada por el poder de Dios operando desde el interior de ella (Fil_1:16, 2Pe_1:3-4) y que se manifiesta hacia el exterior por la obediencia a la dirección del Espíritu Santo (Rom_8.14) que nos ayuda y empodera para la transformación de todo lo relacionado con la vieja manera de vivir sin Cristo (Efe_4:22-24).

 

De tal manera que la vida en Cristo es una vida de cambios, pero no de cambios que nosotros tenemos que hacer para convertirnos en cristianos, sino cambios que Dios hace en nosotros por medio de Su Espíritu Santo, una vez que nos hemos convertido en cristianos (2Co_5:17). Y todos esos cambios son de una conveniencia tremenda para nosotros: que vivamos en los planes de nuestro Padre para nosotros, que son planes de bien para darnos un futuro (vida terrenal) y una esperanza (vida en la eternidad) (Jer_29:11) y que implican vivir una vida abundante (Jua_10:10), plena (Efe_1:22-23), bendecida (Efe_1:3), próspera (3Jn_1:2) y en victoria (Rom_8:31-32) en todas las áreas de nuestra vida, y que se va manifestando gradualmente en la medida en la que nos vamos apropiando de esos cambios que el Espíritu Santo está haciendo en nuestras vidas (Fil_1:16, 2Co_3:18, Pro_4:18).

 

Sin cambios en realidad no hay progreso sino retroceso, nos vamos quedando rezagados de la realidad que Dios quiere que vivamos: la distancia entre nosotros y Sus planes se incrementa. La vida en Cristo es una vida dinámica, de progreso, de incrementos, de crecimiento. Pero esos cambios no los provocamos nosotros, sino que el Espíritu Santo morando en nosotros (Jua_7:37-39, Hch_1:8, Jua_14:26, Jua_16:13, Rom_8:13-14, etc.), cambios que son por dirección (ordenados y realizados por Dios) y no por emoción (pretendidos por nosotros y en nuestras propias “fuerzas”). Cambios que suceden en nuestro ser interior no en lo exterior (no me gusta, no me parece, me incomoda, la distancia, las sillas, los hermanitos, el pastor, etc.).

 

Que no nos suceda lo que le sucedió al pueblo de Israel, al que Dios le quería dar la Tierra Prometida (sus planes de bien para ellos, para darles un futuro y una esperanza), pero que por no querer cambiar a la dirección de Dios, no entraron en esa generación y vagaron por el desierto durante 40 años (lo básico, lo mínimo) en lugar de lo mejor porque no quisieron seguir la dirección de Dios y siguieron la dirección de sus emociones, de la misma manera que el joven rico perdió la posibilidad de ser un discípulo (y posiblemente apóstol) de Jesús porque no quiso afrontar el cambio por dirección que Dios quería obrar en su vida y se dejó dominar por la emoción del amor a sus bienes, o Judas, que en un arranque de emociones (posiblemente ira y frustración) se dejó llevar por ellas para traicionar a Jesús y se convirtió en el hijo de perdición.

 

Algunos de los cambios que Dios quiere obrar en nuestra vida son:

·         Un cambio de naturaleza (de terrenal a eterna, 2Pe_1:3-4).

·         Un cambio de ciudadanía (de terrenal a celestial, Efe_2:12-13, Fil_3:20).

·         Un cambio de reino (de la potestad de las tinieblas al Reino de Su Luz admirable, Hch_26:18, Col_1:13).

·         Cambio de paternidad (de hijos del diablo a hijos de Dios, (Jua_8:44, Jua_1:12).

·         Cambio de mente (pensamientos, emociones, sentimientos, actitudes, motivaciones, decisiones y acciones; de una mente carnal, del diablo, a la mente de Cristo; Rom_12:2, Efe_4:22-24, 1Co_2:16).

·         Cambio de cultura (del egoísmo al amor, 1Co_13.1-3).

·         Cambio de leyes (de las humanas, inferiores, a las del Reino, superiores, Mat_6:33, Rom_14:17).

 

Y todos esos cambios que hemos mencionado para vivir en los buenos planes de Dios, agradables y perfectos para nosotros (Rom_12:2, Jer_29:11), están a nuestra mano en dos pasos: el primero, reconociendo el Señorío de Cristo en nuestras vidas y reconociéndola a Él como Señor y Salvador (Rom_10:8-10, Jua_1:12), no del diente al labio, sino en verdad, en nuestro corazón. Y el segundo, sometiéndonos a Dios en Su Palabra y en la dirección del Espíritu Santo creciendo en ello cada día y teniendo en ello nuestro enfoque y delicia para que todas las cosas nos salgan bien y caminemos en Sus planes para nosotros (Sal_1:1-3, Efe_6:10-13, Col_3:16, Efe_5:18).

 

Y recordemos, somos nosotros los que vamos a cambiar, pero no somos nosotros los que vamos a obrar los cambios sino el poder del Espíritu Santo obrando desde nuestro interior el que los va a realizar (Hch_1:8, 1Co_15:10).

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario