LA VIDA
CRISTIANA, UNA VIDA DE CAMBIOS PARA BIEN.
Cuando una persona viene a
Cristo es transformada desde lo más esencial de su ser, desde lo más profundo
en su interior, hasta lo externo (2Co_5:17). No es una transformación
operada por la persona utilizando sus capacidades, talentos, habilidades,
fortalezas, etc., sino una transformación obrada por el poder de Dios operando
desde el interior de ella (Fil_1:16, 2Pe_1:3-4) y que se manifiesta
hacia el exterior por la obediencia a la dirección del Espíritu Santo (Rom_8.14)
que nos ayuda y empodera para la transformación de todo lo relacionado con la vieja
manera de vivir sin Cristo (Efe_4:22-24).
De tal manera que la vida en
Cristo es una vida de cambios, pero no de cambios que nosotros tenemos que
hacer para convertirnos en cristianos, sino cambios que Dios hace en nosotros
por medio de Su Espíritu Santo, una vez que nos hemos convertido en cristianos
(2Co_5:17). Y todos esos cambios son de una conveniencia tremenda para
nosotros: que vivamos en los planes de nuestro Padre para nosotros, que son
planes de bien para darnos un futuro (vida terrenal) y una esperanza (vida en
la eternidad) (Jer_29:11) y que implican vivir una vida abundante (Jua_10:10),
plena (Efe_1:22-23), bendecida (Efe_1:3), próspera (3Jn_1:2)
y en victoria (Rom_8:31-32) en todas las áreas de nuestra vida, y que se
va manifestando gradualmente en la medida en la que nos vamos apropiando de
esos cambios que el Espíritu Santo está haciendo en nuestras vidas (Fil_1:16,
2Co_3:18, Pro_4:18).
Sin cambios en realidad no
hay progreso sino retroceso, nos vamos quedando rezagados de la realidad que
Dios quiere que vivamos: la distancia entre nosotros y Sus planes se
incrementa. La vida en Cristo es una vida dinámica, de progreso, de
incrementos, de crecimiento. Pero esos cambios no los provocamos nosotros, sino
que el Espíritu Santo morando en nosotros (Jua_7:37-39, Hch_1:8, Jua_14:26,
Jua_16:13, Rom_8:13-14, etc.), cambios que son por dirección (ordenados y
realizados por Dios) y no por emoción (pretendidos por nosotros y en nuestras
propias “fuerzas”). Cambios que suceden en nuestro ser interior no en lo
exterior (no me gusta, no me parece, me incomoda, la distancia, las sillas, los
hermanitos, el pastor, etc.).
Que no nos suceda lo que le
sucedió al pueblo de Israel, al que Dios le quería dar la Tierra Prometida (sus
planes de bien para ellos, para darles un futuro y una esperanza), pero que por
no querer cambiar a la dirección de Dios, no entraron en esa generación y vagaron
por el desierto durante 40 años (lo básico, lo mínimo) en lugar de lo mejor
porque no quisieron seguir la dirección de Dios y siguieron la dirección de sus
emociones, de la misma manera que el joven rico perdió la posibilidad de ser un
discípulo (y posiblemente apóstol) de Jesús porque no quiso afrontar el cambio
por dirección que Dios quería obrar en su vida y se dejó dominar por la emoción
del amor a sus bienes, o Judas, que en un arranque de emociones (posiblemente
ira y frustración) se dejó llevar por ellas para traicionar a Jesús y se
convirtió en el hijo de perdición.
Algunos de los cambios que
Dios quiere obrar en nuestra vida son:
·
Un cambio de naturaleza (de terrenal a eterna, 2Pe_1:3-4).
·
Un cambio de ciudadanía (de terrenal a celestial, Efe_2:12-13,
Fil_3:20).
·
Un cambio de reino (de la potestad de las tinieblas al Reino de Su
Luz admirable, Hch_26:18, Col_1:13).
·
Cambio de paternidad (de hijos del diablo a hijos de Dios, (Jua_8:44,
Jua_1:12).
·
Cambio de mente (pensamientos, emociones, sentimientos, actitudes,
motivaciones, decisiones y acciones; de una mente carnal, del diablo, a la
mente de Cristo; Rom_12:2, Efe_4:22-24, 1Co_2:16).
·
Cambio de cultura (del egoísmo al amor, 1Co_13.1-3).
·
Cambio de leyes (de las humanas, inferiores, a las del Reino,
superiores, Mat_6:33, Rom_14:17).
Y todos esos cambios que
hemos mencionado para vivir en los buenos planes de Dios, agradables y
perfectos para nosotros (Rom_12:2, Jer_29:11), están a nuestra mano en
dos pasos: el primero, reconociendo el Señorío de Cristo en nuestras vidas y reconociéndola
a Él como Señor y Salvador (Rom_10:8-10, Jua_1:12), no del diente al
labio, sino en verdad, en nuestro corazón. Y el segundo, sometiéndonos a Dios
en Su Palabra y en la dirección del Espíritu Santo creciendo en ello cada día y
teniendo en ello nuestro enfoque y delicia para que todas las cosas nos salgan bien
y caminemos en Sus planes para nosotros (Sal_1:1-3, Efe_6:10-13, Col_3:16,
Efe_5:18).
Y recordemos, somos nosotros
los que vamos a cambiar, pero no somos nosotros los que vamos a obrar los
cambios sino el poder del Espíritu Santo obrando desde nuestro interior el que
los va a realizar (Hch_1:8, 1Co_15:10).
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