Abrirnos para buscar lo eterno que no
conocemos.
La
Palabra de Dios nos enseña que Dios ha puesto eternidad en el corazón de todos
los seres humanos (Ecl_3:11) y que Dios quiere que lo conozcamos (Isa_45:3,
1Co_2:9-12). La única condición para ello es que necesitamos discernirlo
espiritualmente (2Co_4:4, 1Co_2:14) porque el diablo, con la caída, nos
cegó para que no lo alcanzáramos y de esa manera, vivir ajenos a ello,
incluidos el perdón de pecados y la vida eterna que Dios quiere para nosotros,
vivir limitados, escasos, conformistas, en lo “normal”, en lo natural, en lo
ordinario. Pero Dios nos quiere viviendo en lo ilimitado, en lo abundante, en
lo progresivo, en lo extraordinario, en lo espiritual.
Dios
nos creó como espíritu, alma y cuerpo (1Ts_5:23), siendo lo espiritual
lo esencial (1Co_6:17): Dios creó nuestro cuerpo del polvo de la tierra,
pero este cuerpo no tuvo vida hasta el momento en el que Dios sopló aliento de
vida (espíritu) en nosotros. De tal manera que somos un espíritu que tiene un
alma y vive en un cuerpo y necesitamos vivir en ese orden. Pero el diablo, en
la caída, vino a traer confusión y corrupción en el plan de Dios para nosotros,
y en lugar de vivir en el espíritu (que “murió” como consecuencia del pecado, Efe_2:1),
comenzamos a vivir en la carne, en lo natural, ordinario, terrenal, temporal,
en los sentidos físicos y no en los sentidos espirituales.
Lo
que podemos conocer por nuestros sentidos naturales es apenas una micro parte
de todo el universo que Dios ha hecho, lo limitado, terrenal, temporal, pero
mucho más que eso es lo que Dios ha hecho en el mundo espiritual: lo infinito,
lo eterno, lo perfecto. Y para ello no estamos estrechos en Dios sino en
nuestro corazón (2Co_6:12).
Lo
que necesitamos es regresar al plan original de Dios para nuestras vidas que
implica:
- ·
Planes
de bien para darnos un futuro y una esperanza (Jer_29:11).
- ·
Llevar
nuestra vida en aumento como la luz de la aurora (Pro_4:18, Fil_1:6).
- ·
Una
vida abundante (Jua_10:10).
- ·
Una
vida plena (efe_1:22-23).
- ·
Una
vida en salud y prosperidad (3Jn_1:2).
- ·
Una
vida bendecida (Efe_1:3).
- ·
Una
vida en victoria (Rom_8:31-32).
Para
ello, lo primero que necesitamos es reconocer el Señorío de Cristo en nuestras
vidas (Rom_10:8-10, Jua_1:12) para que nuestro Espíritu renazca (1Pe_1:23,
2Pe_1:3-4, 2Co_5:17) y nuestros sentidos espirituales despierten a la realidad
espiritual maravillosa que Dios quiere que conozcamos y vivamos.
Y
después de ello, con la ayuda del Espíritu Santo que nos empodera (Hch_1:8),
nos enseña y recuerda (Jua_14:26, Jua_16:13), nos guía (Rom_8:14) y nos ayuda
en todas las cosas (Rom_8:26), llenándonos de Él (Efe_5:18) y de la Palabra
(Col_3:16), vamos a comenzar a experimentar de una forma creciente (Fil_1:6)
todo lo maravilloso, bueno, agradable y perfecto que constituye la voluntad de
Dios para nuestras vidas (Rom_12:2).
Recordemos,
no estamos estrechos en Dios sino en nuestro corazón (2Co_6:12), por lo que
necesitamos ensancharnos para crecer y extendernos en las cosas esenciales de
la vida que son las eternas, espirituales, celestiales (Isa_54:2-3, Col_3:1-3).
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