AGRADECIMIENTO Y BENDICIÓN.
La
Palabra de Dios nos relata un episodio en el ministerio de Jesús que tiene una
revelación muy importante para nosotros.
Cuando
Jesús iba camino a Jerusalén se encontró con diez leprosos que le clamaron que
los sanara. Y Jesús, en respuesta a su
petición, los envío para que fueran a presentarse con el Sumo Sacerdote para
que les certificara su sanidad. Ellos
hicieron lo que Jesús les dijo a pesar de que no los sanó inmediatamente, pero
fueron sanados en el camino (Luc_17:11-19).
La
primera lección que podemos aprender de este episodio es que algunas veces
nuestro milagro no va a ser inmediatamente, sino que vamos a tener que avanzar
como si ya fuera, y en el proceso lo vamos a alcanzar. Dios llama las cosas que
no son como si fueran (Rom_4:17), y la fe las recibe de igual manera, como si
ya fueran (Mat_7:7-11).
Otra
lección importante en el pasaje tiene que ver con la experiencia que pudieron
tener los leprosos al sanar. Imaginémonos como se pudieron sentir los leprosos
al ver y sentir su sanidad. Definitivamente tuvieron que experimentar un gozo
indescriptible porque lo que recibían no solo significaba su sanidad, sino
también la restauración a sus familias y a sus comunidades, por cuanto los
leprosos, en ese tiempo, tenían que vivir apartados de la gente sana. Solo podían vivir en lugares apartados con
otros leprosos, para evitar el contagio.
En
la Biblia la lepra es tipo del pecado, de tal manera que cada uno de nosotros
era un leproso antes de conocer a Cristo, apartados de la ciudadanía y comunión
de Dios y con los santos (Efe_2:12); de tal manera que lo que Jesús hizo
por los leprosos físicamente, lo hizo con nosotros espiritualmente. Un motivo
para tener y vivir en un perpetuo gozo sabiendo que fuimos perdonados de
nuestros pecados, que tenemos vida eterna en Cristo y que pasaremos la
eternidad con Cristo en un lugar perfecto, donde no habrá más pecado, ni
tristeza, ni enfermedad, ni dolor, ni lágrimas, ni muerte, ni nada negativo (Apo_21:1-4)
en lugar de pasarla en el tormento eterno del infierno. El pecado nos vuelve leprosos a todos y nos
convierte en cadáveres espirituales (Efe_2:1), y lo que Jesús en su
momento vio en los leprosos, lo vio en nuestra alma pecadora, y en lugar de
rechazarnos, nos recibió, limpio, sanó y restauró (Jua_6:37, Luc_4:18).
Lo que hizo por ellos lo hizo también por nosotros, por todo aquel que tenga el
corazón dispuesto (Isa_55:6, Isa_1:18, Hch_2:21), no por méritos sino
por Su Gracia infinita (Efe_2:4-5, Efe_2:8-9).
Pero
hay todavía otra lección importante que necesitamos aprender. Cuando los leprosos fueron sanos, solo uno de
ellos regreso a darle gracias a Jesús, mientras que los otros nueve recibieron
su milagro y siguieron su camino. Incluso el leproso que regresó a darle
gracias a Jesús lo hizo aún antes de presentarse al sacerdote y normalizar su
vida. Y como resultado de ello, él no
fue solamente sano sino recibió una bendición adicional: la salvación de su
alma, bendición que nos otros nueve que no regresaron no pudieron disfrutar. Se
quedaron con la bendición terrenal, pero se perdieron la bendición eterna. Y la lección que nosotros necesitamos
aprender también de este pasaje es que un corazón agradecido recibe mayores
bendiciones de tal manera que cuando recibimos una bendición de Dios nos es no
solo necesario, sino conveniente, antes que nada, darle gracias al Señor por
ella. Y aunque parece lo más normal del caso hacer lo que menciono, resulta que,
en una gran cantidad de oportunidades, no le damos gracias al Señor por sus
bendiciones, sino que las damos por echas, principalmente después de haber
recibido un milagro de Su parte.
Seamos
agradecidos y no indiferentes, y menos aún, quejosos porque el milagro o la
bendición no fue como nosotros hubiéramos querido, y de esa manera tendremos
una mayor bendición. Nos conviene tener
un corazón agradecido siempre, en todo momento, y que no sea solo por recibir
un milagro, que bendiciones de Dios las recibimos todos los días y a todo
instante porque no hay nada que recibamos que no nos sea dado del cielo (Jua_3:27,
Stg_1:17, Mat_5:45): el regalo de la
vida, de respirar, de caminar, de comer, de ver, de escuchar, para comenzar y
muchas otras bendiciones diarias y constantes que recibimos del Señor y para
las cuales muchas veces necesitamos pedirle al Señor que nos abra los ojos para
no darlas por echas sino recibirlas, vivirlas y disfrutarlas como lo que son:
bendiciones de Él por Su gracia y Su misericordia.
Importante. Si quieres experimentar
este aliento del cielo en tu vida y aún no le has entregado tu vida a Cristo de
todo corazón (Jua_1:12, Rom_10:8-10, Rom_10:13) hoy es el día de hacerlo
con una simple oración allí donde estés pidiéndole que te perdone tus pecados,
ayude tu incredulidad y por Su Espíritu Santo te guíe para experimentarlo,
sabiendo que Cristo no vino al mundo para condenar al mundo sino para que el
mundo sea salvo por Él (Jua_3:16-17) y que al que viene a Él no le echa
fuera sino que le da libertad para vivir todo aquello que Él nos ha prometido (Jua_6:37,
Jua_8:31-32, Jua_8:36).
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