lunes, 26 de enero de 2026

Agradecimiento y bendición.

 

AGRADECIMIENTO Y BENDICIÓN.

 

La Palabra de Dios nos relata un episodio en el ministerio de Jesús que tiene una revelación muy importante para nosotros.

 

Cuando Jesús iba camino a Jerusalén se encontró con diez leprosos que le clamaron que los sanara.  Y Jesús, en respuesta a su petición, los envío para que fueran a presentarse con el Sumo Sacerdote para que les certificara su sanidad.  Ellos hicieron lo que Jesús les dijo a pesar de que no los sanó inmediatamente, pero fueron sanados en el camino (Luc_17:11-19).

 

La primera lección que podemos aprender de este episodio es que algunas veces nuestro milagro no va a ser inmediatamente, sino que vamos a tener que avanzar como si ya fuera, y en el proceso lo vamos a alcanzar. Dios llama las cosas que no son como si fueran (Rom_4:17), y la fe las recibe de igual manera, como si ya fueran (Mat_7:7-11).

 

Otra lección importante en el pasaje tiene que ver con la experiencia que pudieron tener los leprosos al sanar. Imaginémonos como se pudieron sentir los leprosos al ver y sentir su sanidad. Definitivamente tuvieron que experimentar un gozo indescriptible porque lo que recibían no solo significaba su sanidad, sino también la restauración a sus familias y a sus comunidades, por cuanto los leprosos, en ese tiempo, tenían que vivir apartados de la gente sana.  Solo podían vivir en lugares apartados con otros leprosos, para evitar el contagio.

 

En la Biblia la lepra es tipo del pecado, de tal manera que cada uno de nosotros era un leproso antes de conocer a Cristo, apartados de la ciudadanía y comunión de Dios y con los santos (Efe_2:12); de tal manera que lo que Jesús hizo por los leprosos físicamente, lo hizo con nosotros espiritualmente. Un motivo para tener y vivir en un perpetuo gozo sabiendo que fuimos perdonados de nuestros pecados, que tenemos vida eterna en Cristo y que pasaremos la eternidad con Cristo en un lugar perfecto, donde no habrá más pecado, ni tristeza, ni enfermedad, ni dolor, ni lágrimas, ni muerte, ni nada negativo (Apo_21:1-4) en lugar de pasarla en el tormento eterno del infierno.  El pecado nos vuelve leprosos a todos y nos convierte en cadáveres espirituales (Efe_2:1), y lo que Jesús en su momento vio en los leprosos, lo vio en nuestra alma pecadora, y en lugar de rechazarnos, nos recibió, limpio, sanó y restauró (Jua_6:37, Luc_4:18). Lo que hizo por ellos lo hizo también por nosotros, por todo aquel que tenga el corazón dispuesto (Isa_55:6, Isa_1:18, Hch_2:21), no por méritos sino por Su Gracia infinita (Efe_2:4-5, Efe_2:8-9).

 

Pero hay todavía otra lección importante que necesitamos aprender.  Cuando los leprosos fueron sanos, solo uno de ellos regreso a darle gracias a Jesús, mientras que los otros nueve recibieron su milagro y siguieron su camino. Incluso el leproso que regresó a darle gracias a Jesús lo hizo aún antes de presentarse al sacerdote y normalizar su vida.  Y como resultado de ello, él no fue solamente sano sino recibió una bendición adicional: la salvación de su alma, bendición que nos otros nueve que no regresaron no pudieron disfrutar. Se quedaron con la bendición terrenal, pero se perdieron la bendición eterna.  Y la lección que nosotros necesitamos aprender también de este pasaje es que un corazón agradecido recibe mayores bendiciones de tal manera que cuando recibimos una bendición de Dios nos es no solo necesario, sino conveniente, antes que nada, darle gracias al Señor por ella. Y aunque parece lo más normal del caso hacer lo que menciono, resulta que, en una gran cantidad de oportunidades, no le damos gracias al Señor por sus bendiciones, sino que las damos por echas, principalmente después de haber recibido un milagro de Su parte.

 

Seamos agradecidos y no indiferentes, y menos aún, quejosos porque el milagro o la bendición no fue como nosotros hubiéramos querido, y de esa manera tendremos una mayor bendición.  Nos conviene tener un corazón agradecido siempre, en todo momento, y que no sea solo por recibir un milagro, que bendiciones de Dios las recibimos todos los días y a todo instante porque no hay nada que recibamos que no nos sea dado del cielo (Jua_3:27, Stg_1:17,  Mat_5:45): el regalo de la vida, de respirar, de caminar, de comer, de ver, de escuchar, para comenzar y muchas otras bendiciones diarias y constantes que recibimos del Señor y para las cuales muchas veces necesitamos pedirle al Señor que nos abra los ojos para no darlas por echas sino recibirlas, vivirlas y disfrutarlas como lo que son: bendiciones de Él por Su gracia y Su misericordia.

 

Importante. Si quieres experimentar este aliento del cielo en tu vida y aún no le has entregado tu vida a Cristo de todo corazón (Jua_1:12, Rom_10:8-10, Rom_10:13) hoy es el día de hacerlo con una simple oración allí donde estés pidiéndole que te perdone tus pecados, ayude tu incredulidad y por Su Espíritu Santo te guíe para experimentarlo, sabiendo que Cristo no vino al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo sea salvo por Él (Jua_3:16-17) y que al que viene a Él no le echa fuera sino que le da libertad para vivir todo aquello que Él nos ha prometido (Jua_6:37, Jua_8:31-32, Jua_8:36).

 

 

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