miércoles, 14 de abril de 2010

La sanidad del alma y el perdón.

El dolor, la falta de perdón, el rencor, la amargura, los celos, la envidia, la sed de venganza y cosas parecidas a estas con como las granadas de mano. Hay que tirarlas muy lejos antes de que te destruyan (Heb 12.14-15).

Perdonar es soltarme del pasado que me ata y no me deja avanzar hacia el cumplimiento de los planes que Dios tiene para mi (Jer 29.11). No perdonar es renunciar al cumplimiento de los planes de Dios para mi (Luc 9:62). Perdonemos, dejemos atrás el pasado y vayamos hacia adelante, hacia el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo (Fil 3:14).

Podemos dejar de perdonar a los demás cuando Cristo deje de perdonarnos (1 Jn 1:9, Efe 4:32).

Un corazón lastimado, adolorido, amargado, resentido, nos deja cautivos de los recuerdos y sentimientos negativos del pasado, sin capacidad para ver el futuro (Heb 12.15). Pero no tiene que ser así. Podemos liberarnos de todo ello mediante el perdón. Perdona como fuimos perdonados por Cristo (Efe 4:32, Rom 5:5).

Un corazón lastimado, al recibir poder, lo rechaza o lo toma y abusa de él como sucedió con Saúl. Al principio lo rechazó (1 Sam 10:21-22), y después abusó de él (1 Sam 13:9-13, 1 Sam 18:9-12). Por ello no podemos ir al ministerio con un corazón lastimado (rechazo, dolor, resentimiento, falta de perdón), porque podemos abusar de aquellos a los que debiéramos ayudar a encontrar su sanidad en Dios (2 Tim 3:1-5).

Cuando Dios sana nuestros corazones, nos libera de la deuda que pudiéramos tener con El y con el pasado (2 Cor 5:17, Sal 103:10-14).. El restituirá los años que se comió el saltón, el revoltón, la langosta (Joel 2:25).

Cuando Dios sana nuestro corazón dejamos de preocuparnos por lo que los demás puedan pensar de nosotros, y comenzamos a ocuparnos de lo que podemos hacer para bendecirlos (Gen 12.1-3), apasionados por aquello para lo cual El nos creó (Efe 2:10).

Dios comienza su obra liberándonos y restaurándonos el corazón (Luc 4:18, Ezeq 11:19). Cuando Dios lo restaura y lo transforma desata todo el potencial que El mismo ha dejado dentro de nosotros (Hch 1:8).

Dios no se agrada de los quejosos (Num 17:5, Num 17:10). El envió a Cristo para que tuviéramos vida y vida en abundancia (Jn 10:10), no una vida de quejas. No te quejes, mejor alaba a Dios, recuerda todos sus beneficios (Sal 103:1-5), interrumpe la fiesta de lamentos en la que puedes estar viviendo, suelta tu pasado y confía en El.

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