El propósito de Dios (que es Padre) fue establecer una familia de hijos (Jn 1.12), no un equipo de sirvientes (Jn 15:15); un Reino de hijos, no de súbditos; establecer relaciones, no religiones (ritos, cultos, fórmulas, etc.).
El Evangelio son las buenas noticias de Papá enviadas a sus hijos e hijas alejados de El por sus propias malas decisiones, de que pueden volver a casa como hijos e hijas plenos. Apúrate a regresar a casa, tu Papá te está esperando con los brazos abiertos y el corazón anhelante (Luc 15:11-31).
Jesús vino para mostrarnos la más grande revelación de Dios: el Padre. El no vino a revelarse a sí mismo. El nos enseñó que la relación que tenemos con Dios es la de Padre-hijos. Dios es Su profesión y actividad. Padre es la relación que tiene con nosotros. El nos llama para ser hijos porque El es Padre (Jn 1:12, Rom 8:14-16).
El anhelo del corazón de Dios no es que le llamemos solamente Dios, sino Padre: “Yo me dije a mí mismo: “Los trataré como a mis hijos, les daré una tierra agradable, la tierra más apreciada entre todas las naciones”. Pensé que tú me llamarías “Padre mío” y que nunca me abandonarías,” (Jer 3:19; Palabra de Dios para todos).
Jesús dijo: “Yo soy el camino…, nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14:6). Jesús es el camino pero el lugar de llegada, la meta, es el Padre. Por ello Pablo oraba por los efesios, que ya se habían convertido a Cristo y ya tenían a Cristo en su corazón: “para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él,” (Efe 1:17).
miércoles, 14 de abril de 2010
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